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Muchas veces solemos hacer juicios por el aspecto de una persona, mujer u hombre, e imaginamos de ella una identidad, aunque nos equivoquemos.

Esto puede pasar al caracterizar a un delincuente. La pregunta es ¿cómo identificamos por su apariencia a este sujeto activo de infracciones penales, para evitar ser afectados? En pláticas con amistades de Managua encontré las siguientes respuestas:

“El delincuente en el barrio se delata porque anda sucio, en chinelas, de short, anda mechudo, se pone una chapita, es joven y anda con algún tatuaje. Si me encuentro con alguien así cambio de acera”, me dijo una funcionaria
de la Alcaldía.

Por el contrario, otros opinaron que la población se deja sorprender por personas que tienen una apariencia “normal”, como me contó una profesora que, dijo, “venía en un taxi y una pareja, que a simple vista no se miraban ladrones, lo abordó y al verlos no me dio miedo, pues andaban bien vestidos. Pero ahí no más el muchacho me quiso arrancar la cartera”.

La mayor parte de las personas con quienes platiqué, coinciden en que la tradicional teoría de que el delincuente tiene cierta apariencia o inspira temor, ha cambiado en los últimos años: “verdaderamente el delincuente ahora tiene rostro diverso, no tiene color, tamaño, ni figura determinada”, aseguró una comunicadora social juvenil.

El delincuente está en todas partes, agregó una trabajadora social, quien aseguró que eso sucede “hasta con los amigos de confianza, como es reconocido en los casos de abuso sexual cometidos por personas cercanas a la víctima, quienes aparentan respeto, estatus y andan trajeados, para facilitar sus intenciones criminales”.

Por su parte, un amigo policía me dijo: “La apariencia del delincuente ha cambiado tanto que al ver a una persona bien vestida, en una camionetona 4x4 y con dinero, cualquiera lo piensa como sospechoso de ser uno de ellos”.

De acuerdo con la información obtenida concluyo que las personas con quienes platiqué poseen una percepción de inseguridad alta, por las diferentes apariencias que adopta el delincuente en la sociedad, lo cual resulta en múltiples y confusas amenazas.

Parece que ahora, aunque se mantienen algunos estereotipos del delincuente, la desconfianza de la gente se proyecta a todo el entramado social, independiente de la posición económica, profesional, política, religiosa, etc. que tengan o aparenten las personas.

Fue notorio el temor de mis amistades a que el delincuente actúe en cualquier lugar, público o privado, y lo haga de manera inesperada, sin mayores posibilidades de que la víctima logre descubrir por su apariencia al agresor, y prevenir el hecho.

Finalmente, resultan inquietantes las figuraciones que se expresaron sobre el perfil de este personaje que ha despertado tanto interés a través de la historia, sobre todo, para quienes han tratado de descubrir en el la explicación de la delincuencia y la inseguridad.

 

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