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En los márgenes de un libro de Octavio Paz que regalé a Eunice Shade hace ya bastantes años, escribí ciertas palabras con la plena convicción de que algún día adquirirían la nada vaga forma de la premonición. Una premonición que, con gusto corroboro ahora, ha terminado por cumplirse.

En uno de los ensayos de ese libro decía Paz que los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía.

“Y bien --escribí yo entonces al margen de aquellas páginas--, puesto que ningún país sobrelleva a gusto a sus poetas vivos, sobre todo a los más jóvenes, estaremos condenados a una prisión tan grande como el país mismo, o a la soledad estoica de nuestras propias vidas.

Por eso, afirmar la disidencia, alimentar el desarraigo, son la mejor manera de inventarnos a nosotros mismos para encarnar en el tiempo. Confío en esa capacidad de Eunice para convertirse ella misma en un mito, pero también en lo que de mapa vital o de biografía individual y colectiva tendrá seguramente la obra que nos deje como legado".

Durante la presentación de uno de sus primeros libros, en el año 2008, volvieron a mi mente esas palabras. Por eso ahora no puedo más que apenas corroborar la certeza de esa vieja esperanza. Porque la obra (en prosa y verso) que desde entonces nos empezó a dejar Eunice es, me parece, una de las más vivas que se escriben contemporáneamente en Nicaragua.

No solo es la obra contundente de una escritora concreta, desenfadada, libre, dolorosa, visionaria, que nos muestra la posibilidad, como lo ha dicho ya el poeta chileno Raúl Zurita, de reconquistar el amor y la libertad. La obra literaria de Eunice marca además la reconquista de otras posibilidades estrictamente textuales entre los escritores de su generación.

En sus puntos más descollantes sus textos alcanzan un poder de atracción que no deja indiferente ni al más frío o cínico de los lectores. La suya es una obra sostenida y fuerte, cargada de una particular creatividad. Eunice ha cargado su obra, al mismo tiempo, de amor y de odio, de encanto y desencanto. Su lectura implica, irremediablemente, el sometimiento a un constante estremecimiento interior que, previamente, parece haberla sacudido también a ella.

Nadie que lea sus textos, a veces tiernos, a veces virulentos y poderosos, poseídos de lucidez y raciocinio pero también de fuerza, imaginación y capacidad metafórica, podrá dejar de sentir ese sacudimiento, esa especie de reacción instintiva, de seducción o molestia por el espanto de reconocerse o de identificarse plenamente.

Para ser precisos u objetivos hay que decir que Eunice es, en primer lugar, narradora, pero también es crítica y maestra de literatura. Ha publicado los libros de relatos El texto perdido (2007) y Doble línea continua (2014); el poemario Escaleras abajo (2008) y el libro de ensayos libres y heterodoxos Espesura del deseo (2012).

Tiene inéditos al menos otro poemario, otro libro de relatos, otros dos de ensayos o crítica literaria, y una novela. Evidentemente promete mucho más. Hasta ahora ha culminado dos maestrías en Literatura. Una de ellas en la UNAN-Managua y otra como becaria Fulbright en Ohio University. Actualmente es candidata a PHD en Literatura por la Universidad de Pittsburgh.

Por ahora, como dije, debo limitarme a reiterar la curiosa admonición escrita hace ya varios años. Al emborronar aquellas palabras al margen de ese libro de Octavio Paz, recuerdo que confiaba fervientemente en eso, en la capacidad que entonces percibía en Eunice de saber encarnar en el tiempo. Confiaba y sigo confiando en ella y en su obra, que ya ha dado frutos palpables y perdurables. Por eso estoy agradecido.

Devoción, admiración, amor, son los tres sentimientos que siguen dictando estas palabras.

*Escritor y periodista.

 

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