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Me llamo Elías y tengo 18 años. Yo crecí solamente con mi mamá en Chinandega, porque mi padre murió de un derrame cerebral cuando yo tenía tres años. Mi mamá tenía como 18 años cuando lo conoció y él tenía 69. Por eso no vivió mucho para verme crecer.

Mi madre nunca tuvo el apoyo de mi abuela, se fue de su casa desde los quince años porque la maltrataban y le decían “negra” con desprecio, porque era la única morena de todos los hijos. Había mucho racismo en mi abuela, quien hasta la fecha odia a las personas de piel oscura y por eso despreciaba a su propia hija.

Mi madre se fue a vivir donde una tía y allí conoció a mi padre, quien a pesar de su edad tenía buen porte. Ellos se casaron y a los dos años, él le compró una casa. Una vez mi abuela llegó de visita y se asustó al descubrir que mi papá también era el padre de su pareja, un hombre como diez años más joven que ella. Al comienzo, en la familia hubo un pleito por eso, pero luego se arreglaron las cosas.

Hace ocho años nos mudamos con mi madre a Managua. A raíz de la muerte de mi padre ella estuvo varios años con tratamiento sicológico en Chinandega, porque no quería seguir viviendo. Gritaba, pasaba días y hasta semanas sin dormir. Ella nunca había conocido a su padre y en cierta forma mi papá fue alguien que se portó como un padre con ella, la protegió y le dio el amor que nunca tuvo.

Yo a él no lo recuerdo, solo tengo una imagen que no se me borra y es de una vez en que yo estaba masticando un chicle que mi madre me había dado y tuve que tragármelo para que no se diera cuenta y se enojara con ella, porque él me cuidaba y se preocupaba mucho por mí. Mi madre nunca se volvió a casar, porque decía que no iba a hallar nunca más a un hombre como mi padre.

Ella ha sido muy buena madre conmigo, perfecta diría yo. Nunca me maltrató ni escuché una grosería de su boca. Pero yo no he sabido corresponder a lo que ella me ha dado, ya que desde los quince años empecé a vender drogas en colegios y en las esquinas del barrio. Yo tenía armas y se las prestaba a mis amigos para que salieran a robar o armar pleitos. Pero a pesar de eso, era sociable con todos los del barrio y nunca participé en esos pleitos.

Fueron mis amigos quienes me contactaron con los que vendían la droga. Una vez me dijeron: “Tenemos una banda que roba motos y las vende en piezas” y me preguntaron si quería participar. Luego me llamaron y en cuatro ocasiones participé en los robos, pero mi madre todavía no se da cuenta. Es a la vez y ella cree que soy un santo.

La primera vez que llegó el Ceprev a mi barrio, yo estaba en una cancha con mis amigos y nos pusimos chiva. Pero me gustó que las sicólogas se nos acercaron con mucha confianza, a pesar de que andaban celulares y se los podíamos robar. Nos invitaron a un taller y aceptamos más que todo por vagancia, por salir del barrio y porque queríamos que nos dieran una buena comida.

Yo aprendí muchas cosas con esa organización. Aprendí del machismo que yo tenía, porque me creía intocable y para mí lo importante era la Ley del Talión, y si alguien me hacía algo yo se lo devolvía doble o triple. Luego nos dieron seguimiento y con el tiempo se fueron borrando en mí esas actitudes malas. Dejé de robar y de vender drogas, dejé de ser machista y me volví más sociable. El barrio se volvió más tranquilo, me reconcilié con un amigo que había macheteado y quedamos como siempre. Esas muchachas del Ceprev hacen más que su trabajo, no solo son sicólogas, sino también una mano amiga.

Yo conseguí trabajo por un año y ahora estoy buscando otro porque no se me ocurre volver a las drogas. Antes caminaba enrabiado, con el pecho horrible, como caliente; ahora camino normal, sereno, me río bastante, me alegro y salgo a pasear con amigos. Antes no salía a ninguna parte porque me podían matar.

Ahora más bien estoy congregándome en una Iglesia, tengo una novia, pienso casarme con ella, pero antes quiero tener un trabajo bueno y como terminé el quinto año de secundaria quiero estudiar Derecho en la universidad, porque yo caí varias veces preso y por eso valoro la importancia de apoyar a las personas que, al igual que yo, no tienen recursos para defenderse.

*Directora del Ceprev. La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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