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El papa Francisco ha tenido expresiones fuertes contra el capitalismo, la acumulación de riquezas, las instituciones financieras internacionales, las empresas trasnacionales y el sistema económico mundial que califica como dictadura del dinero, opresiva y excluyente. Pero el Papa no ha dicho nada nuevo, solo expresa la Doctrina Social de la Iglesia que contextualiza las enseñanzas de Jesucristo para el mundo actual; doctrina formulada desde 1891 en las encíclicas sociales de los papas León XIII, Pio XI, Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II, quien mandó a publicarla en el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia en 2004.

La Iglesia, y por consiguiente Francisco, no son ni anticapitalistas ni procapitalistas. La Iglesia considera que el sistema capitalista --al igual que otros sistemas-- puede ser bueno o malo como instrumento económico, según sea aplicado. La propiedad privada de medios de producción y el libre mercado basado en las leyes de la oferta y la demanda son apreciados, pero deben respetar límites sociales naturales. La doctrina católica establece el “principio de solidaridad” contra una libertad económica absoluta que deja desprotegidos a los más pobres y débiles de la sociedad. Se insiste en una distribución justa de las ganancias mediante mayores impuestos a los más ricos y que se garanticen salud, educación, vivienda y 

bienestar social para todos, lo cual es función ineludible del Estado. Fue Juan Pablo II quien dijo que cuando se deja todo en manos del mercado, sin regulaciones del Estado, se produce un “capitalismo salvaje”.

Igual sucede con las riquezas o el dinero que en sí mismo no es malo, pero cuando para obtenerlo se daña a las personas o al medio ambiente, se le idolatra y controla la voluntad humana, se convierte en “estiércol del diablo”, como dijo San Basilio en el siglo IV. La doctrina católica sostiene “el destino universal de los bienes” creados por Dios para todos, y justifica la propiedad privada cuando cumple una función social. Juan Pablo II dijo que sobre toda propiedad privada hay una “hipoteca social”.

Dice la epístola del apóstol Santiago: “¡Oigan esto, ustedes los ricos! ¡Lloren y griten por las desgracias que van a sufrir! Sus riquezas están podridas. Su oro y su plata se han enmohecido, y ese moho será una prueba contra ustedes y los destruirá como fuego. El pago que no les dieron a los que trabajaron en su cosecha, está clamando contra ustedes; y el Señor todopoderoso ha oído el clamor de los trabajadores. Se han dado una vida de lujo y placeres, engordando como ganado, ¡y ya llega el día de la matanza!” Nuestra madre, la Virgen María, expresó en su canto conocido como El Magnificat: “Dios actúa con todo su poder: deshace los planes de los orgullosos, derriba a los reyes de sus tronos y pone en alto a los humildes. Llenará de bienes a los hambrientos y despedirá a los ricos con las manos vacías”. Y todos conocemos lo que dijo Jesús, nuestro Señor: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el reino de Dios”.

Los ricos pueden ser buenos y salvarse, aunque sea difícil. La Iglesia no cuestiona a todos los ricos, sino a aquellos que obtienen mal su riqueza y la usan egoísta e inadecuadamente. La Iglesia no condena al capitalismo, le pone límites y lo critica, basándose en el Evangelio, cuando funciona injustamente. Esto es lo que enfatiza el papa Francisco, que no es capitalista, socialista ni comunista. Solo es una voz de Dios resonando en nuestras conciencias.

*Abogado, periodista y escritor.

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