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Otto Pérez luce abatido a pesar de sus corbatas vistosas y sus sacos claros. En su cara las arrugas se notan hondas y su piel se ve pálida. De sus ojos apenas se entrevé un pequeño desafío que logra pasar su esclerótica enrojecida y aguada, pero que se esconde apenas alguien lo señala o una cámara se detiene. Se peina las canas con una mano que ahora parecen de muñeca vieja. Este es el Otto de hoy.

Lejos quedó el militar de cara tersa y camuflada de petróleo, de piel cocida por el sol bravo de la montaña. En el recuerdo, también, la boina roja con el logo de los kaibiles, la fuerza de élite del Ejército de Guatemala especialista en contrainsurgencia y desapariciones de la que fue comandante destacado, y que se hizo célebre por la “tarea efectiva” realizada en el poblado de Dos Erres, en 1982, donde --según documentos del Departamento de Estado-- “mataron a los niños de la aldea, golpeándolos con martillos. Los demás fueron interrogados y asesinados, y las mujeres y niñas violadas, y a las embarazadas les extrajeron los fetos mutilando con un tajo su vientre”. Este era el Otto de antes, el que detestaba a los guerrilleros de izquierda y los movimientos sociales.

Los mismos que lograron su caída a inicios de septiembre tras meses de protestas contra la corrupción estatal en la capital chapina, con un simple hashtag que invitaba a una concentración luego de la primera conferencia de la Comisión contra la Impunidad en Guatemala (Cicig), adscrita a las Naciones Unidas y que colabora en la erradicación de los cuerpos ilegales y aparatos clandestinos de seguridad, cuya indagación los guió hasta lo más alto: al denominado presidente kaibil.

Sonará duro esto de presidente kaibil, pero no es una designación mía. Así le llamaron el 15 de diciembre de 2011 cuando, recién electo, asistió a la graduación de los kaibiles en Poptún, Petén, y el maestro de ceremonia le reverenció: “A sus órdenes, presidente kaibil”. Aunque Otto sabía que debía dejar de lado su vestimenta de lona verde olivo y su Galil, y vestirse de la civilizada democracia con que fue electo presidente con el 54% de los votos de un país que pedía mano dura por la vóragine de la violencia pandilleril y el crimen organizado. Todos vieron en el férreo Otto la mano dura, pero revestida de la seda enmarcada en el statu quo. Olvidaron su pasado cuando lo vieron de traje, semblante sereno y cuerpo macizo.

Pero no fue así. No más llegar a la presidencia comenzaron los escándalos de corrupción estatales y la Cicig comenzó las pesquisas hasta que logró interceptar una llamada a un servidor público de Aduanas. La sorpresa fue impactante al reconocer la voz que daba las órdenes de remover a algunas fichas dentro de la institución estatal: era Otto Pérez Molina. Entonces se filtró que había gente ligada a la Presidencia metida en el escándalo, y la simple invitación a protestar encendió a los chapines, hartos de crímenes y robos, para venir a soportar corrupción presidencial.

Así que cada jueves, cuando la Cicig acostumbraba brindar conferencias sobre los avances de sus investigaciones, se tornaron los días de las manifestaciones. A finales de agosto, “La Línea” --como se le llamó a este caso de corrupción-- se cerró en un círculo cuyo enlace era “Número Dos”: la vicepresidenta Roxanna Baldetti, y el epicentro era “Número Uno”: Otto Pérez. Plenamente identificados, no les quedó más que renunciar a ambos. En una escena tan deplorable para la democracia como la de aquel 15 de diciembre de 2011, cuando Pérez Molina, acompañado de su número dos, Baldetti, llegó a la Escuela de Kaibiles, y le dijeron: “A sus órdenes, presidente kaibil”. Entonces Otto se la creyó, se vistió de presidente y olvidó dejar de ser kaibil.

 

*Periodista.

 

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