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Muchos están asustados al ver cómo Donald Trump, a pesar de su “antipoliticidad”, ignorancia de los asuntos públicos, económicos, internacionales, y sus constantes gaffes, puntea en las encuestas.

Un columnista de The New York Times decía que Trump le dará la victoria a los demócratas.

Por otra parte, este proceso eleccionario estadounidense tiene muchas particularidades: 1) Nunca ha habido tantos candidatos (17 republicanos); 2) Se repiten los clanes: los Clinton contra los Bush; 3) En las últimas diez elecciones, ha habido indistintamente nueve candidatos de alguno de los dos clanes; 4) Hay dos mujeres punteando alto: doña Hillary (demócrata), y la señora Fiorina (republicana); 5) Hay variedad de personalidades nominándose: una empresaria, un cirujano, un descendiente hindú, dos descendientes cubanos, cuatro católicos, un aspirante de una familia que tiene dos expresidentes, un candidato nacido en Canadá…

¡Súper interesante!

¿Por qué Trump, desoyendo los manuales políticos, va bien? ¿Esta tendencia se sostendrá?

Creo que el fenómeno Trump responde a cuatro factores.

En primer lugar, en casi todo el mundo hay un desprestigo del oficio político. No es sorprendente que en Guatemala, un payaso sea aspirante presidencial. Es un fenómeno social que revela los desacuerdos, rechazos o simpatías de todos los ciudadanos.
Roger Stone, un consultor político que trabajó para Trump, dice al respecto que “una cosa es la repulsión total de los votantes americanos hacia los políticos y al sistema político. Y otra cosa es la creencia de que a él (Trump) no lo puedan comprar”.

¿Por qué los estadounidenses, tan acostumbrados a marcar tendencias en el arte, ciencias, tecnologías, modas, no optarían por alguien sin antecedentes políticos?

En segundo lugar, es evidente que la personalidad del señor Trump es extrovertida e incauta. Dice lo que piensa. Le ven sincero. Eso gusta. Ted Cruz, otro candidato republicano, asevera que “los políticos son mentirosos y ladrones”.

¿Esa sinceridad disculpa su ignorancia de Siria, China o Afganistán? Todos ignoramos mucho. Lo malo es querer ser presidente con tal desconocimiento. Él quiere solucionar los problemas de los norteamericanos con un enfoque administrativo, no político. Es cierto que para solucionar problemas se necesitan cualidades gerenciales. Pero, ¿un cuchillero podría ser cirujano si se le indica donde hacer las incisiones? Para resolver un asunto hay que conocer la naturaleza del mismo. El rol que juega Washington requiere de saber, proponer y liderar globalmente.

En tercer lugar, la sociedad norteamericana está enfrentada a desafíos globales contundentes, que están desajustando sus cánones, patrones e instituciones.

Los norteamericanos están acostumbrados al etnocentrismo. En sus deportes u otras competencias, cuando juegan dos equipos --uno del Este y otro del Oeste-- ellos lo ven como un evento mundial. Le llaman soccer a lo que el mundo entero le llama fútbol. Usan millas, no kilómetros; libras, no kilos. Si algo no está escrito en inglés, tiene menos valor. Miden la temperatura en Farenheit, aunque los demás lo hacen en Celsius. Y así sucede con su sistema escolar, social, político.

Ellos viven en su propio claustro. Y ven los cambios de afuera como peligrosos. Interiormente, no desean cambiar.

¿Qué cultura quiere ceder?

El americano promedio WASP (Blanco, anglosajón y protestante) está cediendo espacios a costumbres foráneas. Ello, subconscientemente, es una amenaza a su status quo. Y ahora perciben que el fenómeno Barack Obama, fue un mal ensayo que no debe repetirse.

Entonces, cuando Trump amenaza a los ilegales, muchos norteamericanos piensan: “Este es mi muchacho”.
Donald Trump representa valores que se han ido perdiendo. Norteamérica ha debido ceder para asimilar a gentes de origen no-caucásico. Trump ha tenido la “osadía” de decir lo que, de otra manera, sería racista, intolerante o waspish.

Igual ocurre en Alemania, Inglaterra, Francia. La globalización es un desafío para cada cultura.

Por último, Trump es un fenómeno mediático, porque dice lo que otros callan o disimulan. Es un hombre de éxitos materiales, financieramente hablando. Pero, ello no lo convierte en héroe de todos los mundos. Marcha a su propio ritmo. Y así está sugiriendo revisión y ajustes al sistema político estadounidense.

Es difícil predecir si este fenómeno decaerá o crecerá hasta ganar la nominación republicana. En política, los moderados tienen más posibilidad de éxito. Es necesario un balance, un punto de equilibrio. Y si el señor Trump lo consigue, podría prevalecer; aunque --¡impensable!--, necesitaría aliarse con quienes le garantizarían el éxito electoral: los latinos.

Donald Trump hasta ahora solo ha sido aspavientos e ultrajes. Pero si quiere permanecer y prevalecer, debería seguir dos reglas políticas: aliarse para expandirse, y moderarse, para asegurarse amplio respeto.

*Máster en Asuntos Públicos e Internacionales.

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