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En julio de este año, se celebró el 232 aniversario del natalicio de Simón Bolívar. La ignorancia, sin ser invitada, también participó, tomó la palabra, soltó la lengua y espetó: "Nosotros nos identificamos más con la Revolución Mexicana, no creo que haya que darle tanta importancia a este tipo de celebraciones”. El plural “nosotros” es incorrecto.

La ignorancia es atrevida. La realidad de la Revolución Mexicana nos la pinta en todos sus colores Mariano Azuela en su novela Los de Abajo. En México, como en todas partes, han asesinado a los luchadores por los derechos de los desposeídos: Emiliano Zapata, 1919; Pancho Villa, 1923. Afortunadamente, los escombros de semejante exabrupto, quedan sepultados bajo el peso del concepto que de Bolívar tuvieron eminencias como Miguel de Unamuno, José Martí, y Rubén Darío, que le llamó "Titán de la victoria", "Protocóndor andino", en su oda heroica "Al Libertador Bolívar", compuesta en 51 quintetos. Desde Nezahualcóyotl, primer estadista y legislador de América sin paragón alguno, no había existido otro hasta el orto de Bolívar.
Bolívar, cual todo grande hombre, fue predestinado vencedor; como Bonaparte, unió al filo de su espada, el vigor de su palabra. Sus arengas impregnadas de ático estilo y erudición romana, inflamaban los corazones de su harapienta tropa. Su elocuencia era de naturaleza isocrática.

Previsor innato, miraba todo con los ojos del argivo Argos. Fijaba su vista en el pasado para diagnosticar sobre el futuro con los pies en el presente. "Que la historia nos sirva de guía", era su lema.

Bolívar es el estadista más completo que hasta ahora ha producido América. En él se ejercitaron casi todas las facultades humanas: filósofo, poeta, ecólogo, agrarista, legislador, educador, profeta. Como periodista fundó el primer diario de América, El Correo del Orinoco, aconsejando: “La verdad debe ser materia prima del periodismo"; como militar, practicó lo que el mariscal Erwin Rommel llamara "Dinámica de la derrota", que consistía en la persecución y aniquilamiento total del enemigo.

Su dramático fin. Habiendo nacido millonario, murió indigente. La camisa limpia de un vecino le sirvió de sudario; padre de cinco Repúblicas, murió sin patria. Cuando el general Rafael Urdaneta le llama para hacerse cargo del gobierno de Colombia, le responde: “No debo, no puedo, ni quiero más gobierno; y el que menos quiero es el de Colombia. No quiero más glorias; no quiero más poder; no quiero más fortuna, y sí quiero mucho, mucho, mi reposo. Me queda un tercio de vida, y quiero vivir. Ya estoy viejo, enfermo, cansado, desengañado, hostigado, calumniado y mal pagado. Nunca he visto con buenos ojos las insurrecciones; últimamente he deplorado hasta lo que hemos hecho contra los españoles. Yo estoy proscrito, así, yo no tengo patria por la cual sacrificarme".

Triste despedida. "Colombianos: habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde antes reinaba la tiranía. He trabajado con desinterés abandonando mi fortuna y aún mi tranquilidad. Me separé del mando cuando me persuadí que desconfiabais de mi desprendimiento. Mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es más sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer de en medio de vosotros, mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la unión:

Los pueblos obedeciendo al actual gobierno para librarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defensa de las garantías sociales. ¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro".

Cuentan que por las tardes pedía lo sacaran a contemplar el mar, y que habiendo preguntado a su médico si sabía quiénes habían sido los tres majaderos más grandes del mundo, él le respondió: “No mi general"; entonces le dijo: "Acérquese, se lo voy a decir”; "Sí mi general"; "Los tres majaderos más grandes del mundo, hemos sido, Jesucristo, Don Quijote y yo”.

A la una y siete minutos de la tarde del 17 de diciembre de 1830, cerró sus ojos para siempre este Cristo nuevo, que sacrificó su vida y su fortuna por redimir de la servidumbre un continente. Contaba apenas con 47 años de edad.

*Escritor y poeta.

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