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A comienzos de este año, el diario Los Ángeles Times decidió elaborar un estudio sobre los hidrantes de la ciudad californiana.

La rotura de uno de ellos, una semana antes, había atraído a la confluencia de las calles en las que se encuentra a cientos de curiosos y a las unidades móviles de las televisiones locales para contar en directo el espectáculo de una columna de agua que alcanzaba varios metros de altura y que acabó convirtiendo Nowitta Place en una laguna en medio del exclusivo barrio de Venice. Las autoridades de la distribución del agua justificaron entonces el incidente en la edad de la estructura para el suministro de los equipos de incendios que superaba los ochenta años. Un avispado periodista tuvo la idea de realizar un reportaje sobre el estado de los hidrantes de toda la zona, y se encontró con dos datos sobrecogedores: que las cuatro quintas partes de los hidrantes del área metropolitana tienen más de 75 años, y que reparar los que suponen un riesgo para los ciudadanos costará más de 1,300 millones de dólares en los próximos años.

Para elaborar la información, el redactor solo tuvo que acceder a la ingente cantidad de datos públicos disponibles en los servidores municipales, que incluían el tipo de estructura, la fecha de instalación y el material con el que está fabricada. Cruzó ese material con los presupuestos de la empresa de distribución de aguas y construyó, además de una historia, una herramienta de servicio público por el cual los ciudadanos del área de Los Ángeles pueden consultar el riesgo de que un hidrante salte por los aires en su zona, convirtiendo su jardín en un estanque.

Sirva esta referencia a un caso de estudio de un excelente trabajo de periodismo de datos para abordar una de las incuestionables oportunidades de desarrollo con las que cuentan las grandes ciudades del siglo XXI: el big data; el tratamiento y la interpretación de la información que producen constantemente los sistemas digitales con los que se gestionan cada vez más servicios públicos.

Se estima que en el mundo se produce a diario un zettabyte de información digital, que para ser almacenada necesitaría los discos duros de más de mil millones de ordenadores personales. Pero todos esos datos necesitan de un análisis previo y de una interpretación posterior para ser convertidos en un relato, en una historia que atraiga el interés de los ciudadanos, y en un siguiente paso en una herramienta para mejorar las cotas de bienestar.

Los gobiernos locales son los que tienen una mayor responsabilidad en el ámbito de la gestión de los sistemas de información, y por ello están incorporando a los perfiles técnicos de las administraciones municipales los de los mineros de datos, que bucean en un inmenso océano de código binario para encontrar soluciones a los problemas de movilidad, de demanda de energía, de deterioro de infraestructuras o de otras decenas de aspectos que tienen su reflejo sobre la vida cotidiana en las ciudades.

La cuestión es saber si los ciudadanos están preparados para asumir que su día a día esté influenciado por un sistema de retroalimentación de información por el que sus hábitos de hoy influyen sobre el modo en el que los ejercen mañana. La cuestión es, también, conocer si el creciente interés de los gobernantes por integrar las instituciones y sus servicios asociados en el mundo del big data persigue realmente el interés de la ciudadanía o también mejorar los resultados políticos --lo que, por otra parte, sería completamente lícito si una y otra cosa están relacionadas, en la medida en la que los ciudadanos satisfechos con una gestión vuelven a confiar en las urnas en los mandatarios que la han llevado a cabo--.

Antes que la minería de datos llegara a la administración pública, llegó al mundo de la empresa, y especialmente a las que ofrecen servicios y no productos al consumidor. Uno de los más llamativos ejemplos es el de la firma de telecomunicaciones T-Mobile, que consiguió reducir a menos de la mitad la fuga de sus clientes a otras compañías analizando aspectos tan concretos como el de las llamadas que se habían cortado por una mala cobertura. La compañía incentivó a los clientes que habían sufrido sistemáticamente y mejoró sus redes en las zonas en las que se concentraban.

En el ámbito de la política, si los gobernantes consiguen llevar a buen término ese empeño de aprovechar las posibilidades del big data y convertirlas en bienestar para los ciudadanos, probablemente estén haciendo la mejor inversión posible en avales para su gestión.

*Periodista español.

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