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Era mi primera vez y estaba nerviosa. Durante varios días mis pensamientos divagaron por un laberinto de dudas, cargado de visiones de un futuro incierto en un presente determinante. 

“No pasa nada --me dije-- a partir de hoy, esto será otra rutina que mi cuerpo y mi mente deberán entender”. Me decidí. Atravesé mi cuarto sorteando muebles, zapatos y ropas que en la mañana dejé tirados en el suelo en mi afán de llegar temprano a la oficina. Nunca imaginé que aquellos dos metros fueran tan largos y cansados.

En ese corto camino, que para mí fueron kilómetros de distancia, pensaba en mi familia, mis amigos, mis planes, mi trabajo… mi futuro. Mis ojos se derretían de tristeza al recordar la historia de esa mujer sin cabello que se despedía de su hijo antes que el cáncer robara su último suspiro. Lloré por ella, por todas las mujeres y por mí misma.

¡Al fin! --pensé--. Llegué al baño, respiré hondo. Cerré la puerta con seguro. No quería que nadie me interrumpiera. Frente al espejo, conversé con mi reflejo y lo regañé por tanto temor. Nos vimos fijamente, y sin pensarla más, me descubrí el dorso.

Dos noches antes, había participado en una charla sobre cómo se inicia el cáncer de mama. Luego, busqué más información en internet y encontré aquellos relatos trágicos de mujeres agobiadas por la enfermedad, de hijos sin madres, de esposos viudos y de familias emocionalmente devastadas. Desde entonces, sentía molestias en mis pechos.

Como una exploración inicial, busqué minuciosamente aquello que me resultara sospechoso. Levanté mis brazos y tomé la parte trasera de mi cabeza. Todo parecía estar bien. Pero no estaba satisfecha. Deslicé una de mis manos hasta mis senos. Empecé a darme masajes circulares con los tres dedos del centro de la mano, tal como lo indicaba un video tutorial en YouTube.

Continué el masaje, ahora en forma vertical. Desde la zona de la axila hacia abajo. Hice todo al pie de la letra. Realicé tres formas distintas de practicar el autoexamen de mamas. Todo estaba normal. La tranquilidad me devolvió el color. Aquellas molestias de pronto se esfumaron, supongo eran juegos de una mente sugestionada.

Respiré aliviada, quería salir corriendo para abrazar a mis padres, a mis amigos y gritar al mundo mis metas, mis sueños y lo llena de vida y feliz que me sentí en ese momento.

En diez minutos, descarté una enfermedad que afecta la vida de todo el círculo familiar. Me sentí tonta. ¿Por qué no lo hice antes? ¿Temor? ¿Desinformación?... No sé.

Estoy segura que muchas mujeres, como yo hasta entonces, no lo han hecho. Desafortunadamente, el cáncer de mama no presenta síntomas hasta que está en etapa avanzada. En Nicaragua, es la segunda causa de muerte para las mujeres, con una tasa de letalidad de 23 de cada 100 diagnósticos. ¿Pero qué hacer para prevenir un trauma tan doloroso como este? La respuesta está en nuestras manos.

*Comunicadora.

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