Orlando López-Selva
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Hoy 19 de octubre hay elecciones parlamentarias en Canadá. Hay tres líderes compitiendo: Stephen Harper (conservador y actual Primer Ministro); Thomas Mulcair (National Democratic Party, socialdemócrata), Justin Trudeau (liberal).

Nada nuevo en una democracia.

Pero sí llama la atención que haya otro Trudeau (43 años), hijo del primer ministro Pierre Elliott Trudeau, quien gobernó Canadá en 1968-1979 y 1980-1984.

¿Está repitiéndose el patrón de los clanes estadounidenses, luego de que un Bush y una Clinton contienden por la presidencia?

Esto trae a colación el asunto de las dinastías, que se convierten con el paso del tiempo en los “nacidos para gobernar”.

El asunto es que el gobierno del actual premier Stephen Harper está muy cuestionado: 1) la economía está en recesión --inusual para la onceava economía más grande--; 2) la caída de precios del petróleo ha golpeado fuertemente a los canadienses; 3) la crisis china ha debilitado al mercado canuck; 4) el mal manejo de la crisis de los refugiados, donde Ottawa lució mal luego de que migrantes sirios fueran rechazados para entrar a Canadá. Entre ellos el padre del niño mártir, Aylan Kurdi… Los canadienses parecen estar hartos de su gobierno, desvinculado del dinamismo de consensos, esa gran federación. Por 148 años han luchado a brazo partido: regiones, ingleses y franceses: las prairies (provincias centrales: Alberta, Sakatchewan y Manitoba); las maritimes (provincias costeras del Atlántico: Nova Scotia, New Brunswick, Prince Edward Island); y los angloparlantes enfrentados a los quebecois, francoparlantes que intentan separarse y crear un Estado independiente.

Y cuando vemos lo que está en juego por el poder, nos enteramos de que el joven Trudeau, parece solo tener el carisma de los políticos impetuosos y la herencia de su padre. Pero su programa de gobierno no es convincente; y su discurso, superficial.

La columnista canadiense Lysianne Gagnone ha dicho que Trudeau “tiene muchos gaffes, pronunciamientos tontos, chistes ingenuos, falta de conocimiento de los grandes temas, inmadurez política, y un récord político menos que estelar”.

Ella nos está diciendo mucho; ¿eh?

Una encuesta del prestigioso diario canadiense Globe and Mail dice: las probabilidades de los liberales de conseguir más escaños parlamentarios son del 67%; las de los conservadores del 35%.

¿Las dinastías pueden debilitar la democracia? ¿O es un incuestionable derecho que todos los ciudadanos compitan sin importar antepasados?

Un contraargumento sería: ¿El hijo de viejo político no tiene la culpa de que su padre haya sido presidente o primer ministro? ¿Por qué prohibirle?

Válido. Pero si se involucran en política se convierten en ciudadanos con ventajas. ¿Habría conflicto de intereses que luego desembocarían en pago de favores?

Los canadienses están satisfechos con sus instituciones. Son modestos, respetuosos, civilistas, tolerantes; y solidarios con todo el mundo.

El candidato liberal Trudeau saca ventaja de su apellido y el legado de su padre. Pero eso es solo un medio. Importa más el fin.

El modelo canadiense --igual que el británico-- de tres partidos predominantes, hoy está cediendo paso a los ecologistas (el Green Party) que amenaza con desbancar a los NDP. Esto es indicativo de que se están gastando las ideas, y hay desesperanzas y búsqueda de nuevas fórmulas.

¿Cuáles riesgos se corren cuando las opciones parecen responder a gustos y simpatías, y no al verdadero interés nacional: implantar un liderazgo fuerte que cohesione socialmente y resuelva los grandes problemas económicos y políticos?

Acá el asunto no puede ser solo de imagen. Pues esta solo ayuda un tiempo. No resuelve cuando hay problemas urgentes, conflictos graves, crisis insolubles o surge el desaliento, cuando pocos convergen en las buenas causas que no prometen retribuciones materiales.

Por otro lado, los canadienses, que dicen “no procurar” regionalizar sus conflictos políticos, fácilmente ceden a prejuicios culturales, geográficos o lingüísticos.

Canadá es una nación multicultural. Y los quebecois siempre luchan por no ser vistos como una minoría, a pesar de los acuerdos constitucionales y los logros de sus grandes líderes políticos: Trudeau, Lévesque, Bourassa, Mulroney, Chrétien.

¿Quebec será un Estado independiente alguna vez, como lo dijera Charles De Gaulle?

Hoy con la impopularidad de Stephen Harper y el poco atractivo de Mulcair, Trudeau tiene posibilidades de ganar.

Después de todo, este oficio es también un arte que requiere de histrionismo, un algo de magia, mercadeo y otros talentos sociales. La gente espera sorprenderse y sentirse encantada, arrobada, sobrecogida.

Si fuere así. ¿Estamos presenciando una nueva y marcada tendencia causada por el desgaste ideológico y el pobre rendimiento de los políticos?

¿Gobierno liberal de mayoría o coalición? Lo sabremos…

*Máster en Asuntos Públicos e Internacionales.

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