Félix Navarrete
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Hasta hace unos meses no creía en los milagros. Mi corazón me decía que existían, pero mi mente los ignoraba. O por lo menos creía que solo podían ocurrirles a personas que vivían en un estado permanente de gracia espiritual. Pero estaba equivocado. Aquella noche en que mi nuera Paholla se moría lentamente de una fisura en sus intestinos y una junta de médicos luchaba en el quirófano contra una eventual septicemia para salvarle la vida, sentí que Dios la dejaría con nosotros para que fuera luz en nuestros pasos y testimonio vivo de su misericordia.

Esa noche fue la primera vez que le hablé a Dios desde mis entrañas. Confesé mis pecados y muy a lo mundano le propuse un canje: que me quitara la vida y dejara a Paholla, porque era joven y tenía hijos que cuidar. Le expresé que yo ya había vivido suficiente y que hiciera conmigo lo que quisiera, ya que mis nietos bien podían prescindir de un abuelo, pero no de una madre. No sé qué habrá dicho de mi canje, pero me debió tener aún más compasión. Debió haber dicho: Perdónalo señor porque no sabe lo que dice.

Esa misma noche dije y prometí muchas cosas: Que arreglaría mis rollos, que me reconciliaría con el mundo, que renunciaría a mis proyectos vacuos. Promesas que cumplo parcialmente, porque la carne nos hace tropezar. Mientras lloraba como un niño, vi a mi hijo y mi esposa sufrir de impotencia y dolor ante la presencia de la muerte; observé los rostros tensos de los médicos, realizando diversas pruebas, consultando con colegas, tropezando unos a otros, vistiéndose a prisa para meterse al quirófano y enfrentarse a lo imposible. Había mucho que hacer y el pronóstico era reservado. La noche era joven.

En medio de la desolación, el doctor José Vicente Sirias, propietario de la clínica, se me acercó y me dijo, quizás para confortarme: “Tu nuera está grave, pero Dios hará el milagro”. Y don Xavier Caldera y su esposa Mireya, amigos católicos y líderes espirituales, oraban con nosotros para que no desfalleciéramos y declaraban que Paholla viviría para la conversión de una familia dividida por el mundo.

Pasaron las horas y Paholla salió viva del quirófano directo a Cuidados Intensivos a iniciar un arduo y doloroso proceso de recuperación. La noche había terminado y el amanecer era optimista. Los médicos estaban asombrados y no hallaban qué decir. No se explicaban cómo una joven cesareada, con una peritonitis y al borde de un choque séptico haya soportado con estoicismo una operación laparoscópica. Sin embargo, allí estaba, con sus signos vitales normales, y con ganas de vivir, a pesar de que apenas comienza otra jornada.

Han transcurrido catorce días y Paholla es una mujer sobreviviente. Una héroe de las tragedias o una víctima de las malas prácticas médicas. No me corresponde juzgar a nadie. No soy médico. Lo único que puedo decir es que ella fue víctima de las circunstancias y que nunca buscó responsables o culpables, a pesar de que estando grave le dieron de alta en un hospital capitalino. Yo me resisto a creer en el azar, porque creo en la justicia, pero casi estoy seguro que Dios ha estado con ella desde que ingresó a su cesárea y no la ha dejado sola en este calvario en el que muchos estamos sufriendo y purificándonos. Porque Dios nos purifica en el sufrimiento.

Creo que si no fuera por ese pequeño foco infeccioso que la mantiene cautiva en la clínica con temperaturas esporádicas, ella estaría en casa, recuperándose al lado de sus hijos que la esperan cada día. Pero todos confiamos en que Paholla vencerá esa fiebre con el poder del Dios y volverá pronto a casa. No sé por qué tengo la fe en que ella ya venció a la muerte. Pero algo me dice que esto es obra de Vicente, ese angelito que desde que salió del vientre de su madre no se ha cansado de pedir por ella porque la extraña. Estoy seguro que Dios cumple a ojos cerrados las plegarias de sus ángeles. Las nuestras pueden esperar.

*Periodista.

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