Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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El cuento, ese género literario que Julio Cortázar juzgó de tan difícil definición, tan huidizo en sus múltiples y antagónicos aspectos, tan secreto y replegado en sí mismo como un caracol del lenguaje, es (bien lo decía el argentino) como un hermano misterioso de la poesía. Y su dominio puede resultar aún más complejo si sus de por sí tan estrechos límites se ven reducidos al mínimo cuando el autor se propone recurrir a la máxima economía de medios.

Por eso se dice que el autor de cuentos breves es como el poeta o el fotógrafo: su trabajo consiste en recortar un fragmento de la realidad y fijarle determinados límites, de manera que ese fragmento haga de pronto explosión en el rostro del lector y abra ante él una realidad mucho más amplia, una visión dinámica trascendente que proyecte su inteligencia y su sensibilidad hacia dimensiones que vayan más allá de la anécdota.

Pero ese trabajo debe concluir con un resultado completo, cerrado dentro de sí como una máquina destinada a cumplir su misión narrativa: “noquear” al lector más irredento, al más escéptico, al más cínico; o dejarlo pensativo por un buen rato. Y el esfuerzo es más arduo cuando, además de asumir la voluntad minimalista de la extremada brevedad, se trabaja no con simples realidades sino con invenciones, o con una mezcla de ambas.

Ese fue el reto que Franz Galich (1951-2007) asumió, siendo todavía un principiante, cuando escribió su primer libro de cuentos: Ficcionario inédito (1979). Reeditado veinticinco años después en Managua, este libro nos muestra los primeros escarceos de un escritor nacido en Guatemala, a quien los nicaragüenses vimos evolucionar maduramente en la novela. Pocos de nuestros compatriotas sabían hasta entonces de su esmerada dedicación al relato, una faceta fundamental en su narrativa.

En sus cuentos los personajes se mueven casi siempre en la pobreza de los barrios urbanos o en las pequeñas provincias centroamericanas, y sus ambientes reflejan las formas de articulación social basadas en la relación violenta entre los seres humanos, que según creo caracterizó la obra de más de una generación literaria en Centroamérica.

Sin embargo, aunque de alguna manera perfila esa evolución ulterior en la narrativa de Galich, Ficcionario inédito tiene una esencia más experimental y está fundamentado en una voluntad más ficcional, lúdica y de irónica fabulación.

Si bien estos cuentos no tocan directamente el tema de la violencia, lo cierto es que la contienen de manera indirecta, sumergida, alegórica. Son denuncias más bien insinuantes, fabulescas, en donde la violencia aparece disfrazada en el lenguaje, en la caracterización de los personajes, en la trama.

Son cuentos que ofrecen, cuando más, uno o dos planos narrativos, con mínimas descripciones de antecedentes, ámbitos o contextos. Por lo general también conducen rápidamente a un episodio culmen que resulta ser el nudo de cada relato; punto donde el lector, lejos de encontrar un desenlace preanunciado, choca de pronto con la confusión y el desconcierto. “¿Qué demonios?”, se pregunta uno al terminar, y vuelve a emprender (ahora más atento a los detalles) la lectura.

Ficcionario inédito revela a un narrador de imaginación extraña, entre inocente y cínica, por lo general resuelta en formulaciones enigmáticas sutiles que denotan una sorprendente capacidad de observación y concisión. La paradoja y el humor negro se proyectan con crudeza, con una descarnada visión del mundo, pero con dos virtudes técnicas fundamentales: precisión y alejamiento de los excesos o de anécdotas gratuitas.

Se suele decir, a veces erróneamente, que el buen tema para un cuento debe ser excepcional. Pero ya vemos que esa no es ni debe ser una regla invariable. Galich demuestra que se pueden escribir buenos cuentos partiendo de anécdotas triviales. También que para un buen cuentista la brevedad es un reto, un acicate.

“No hay mayor riesgo de arruinar un cuento que alargarlo demasiado”, me dijo una vez. Y a mí se me ocurrió preguntarle cómo es que se escribe un buen cuento. Entonces calló por un momento, y, como lo esperaba, prefirió citar a Augusto Monterroso: “La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El que lo sabe es un mal cuentista”.

* Escritor y periodista.

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