Tito Leiva
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Una librería con libertad necesitamos. Y no me refiero al asunto ideológico ni político, sino a que una librería debe tener los libros que usted se imagina y quiere comprar.

Quizá lo que digo es muy absolutista, pero una librería, si quiere ser, debe crear su espacio propio de imaginación y gozo. Eso creo. Y creerlo me sustenta, me anima a muchas cosas, entre ellas, a desarmar y armar el tiempo. A juzgar un juicio, a leer y contemplar satisfactoriamente una historia bien contada y escrita con todos los matices de la expresión humana, sus protagonistas, sus animadores culturales y sus autores que se aprovechan del tiempo vivo, con notables resultados.

Una librería que urge ser, es amigable con sus posibles lectores, los de crianza (iniciados) y los de largo aliento, esos que como llave en mano, recorren sus inventarios, conocen sus espacios y se alegran al encontrar a sus autores preferidos. Cuando esto ocurre, el mundo de los lectores es más vivo, más representativo, más fraterno, al tiempo que se producen las emociones incontables que se prolongan hacia derroteros optimistas, estancias placenteras y retornos que incitan a construir mejores equilibrios de la vida cotidiana.

Una librería que quiera destacar acercando, incitando a lectores, debe ganarle el tiempo a internet, el sitio recurrido de quienes no piensan en la cobertura ni en el estímulo que propicia un libro, por supuesto, una situación impropia, porque ahora se lee menos.

Para mí es oportuno y válido preguntarnos: ¿por qué no se instalan buenas librerías en los barrios más populares? De esa manera se podrían conocer más a fondo los gustos de los ciudadanos tomando en cuenta su proximidad y empatía. También es una oportunidad de empleo para jóvenes, jóvenes adultos y adultos mayores. Sin duda, un espacio gratificante para la comunidad y la participación de los niños. Ideal sería crear una red de librerías populares.

Una librería debe ser creíble. Que ponga a disposición de sus lectores las urgentes motivaciones, preocupaciones y demandas del quehacer cultural, artístico y social que ocurre en Latinoamérica y el mundo. La lectura al día debe someterse y vincularse al rigor y la pasión por difundir y divulgar a los que están escribiendo con miradas nuevas y alternativas.

Se me ocurre pensar en una librería como un vínculo familiar, principalmente en los barrios más populares, con identificación popular, con creatividad para la forja de lectores. Para inducir y propiciar el ocio creativo de los pobladores. Trabajadores con pasión por los libros.

Alguien que sabe de estas cosas del mundo del libro me dijo que son las mujeres quienes más leen, y para mí es un dato alentador y afortunado, si este se asegura con el apoyo de sus parejas en el hogar, al menos se ganaría otro lector y así con la extensión a los hijos, de manera paulatina. Puede ser una utopía, pero se vale soñar con precios justos al valor de los libros.

Nos urge una librería en libertad para que todos tengamos plena convivencia de los que somos y podemos aportar a nuestra sociedad.

*Poeta.

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