Jorge Bautista Lara
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En uno de sus cuentos, Anthony de Mello nos narra la siguiente historia:

“Un rico musulmán acudió a la mezquita después de una fiesta y, naturalmente, tuvo que quitarse sus elegantes y costosos zapatos y dejarlos en la entrada. Cuando después de orar salió, los zapatos habían desaparecido. ¡Qué descuidado soy! --se dijo para sí--. Al cometer la necedad de dejar aquí los zapatos, he dado ocasión a alguien para robarlos. Con gusto se los habría regalado. Pero ahora soy responsable de haber creado un ladrón…”

Hace unos días, caminando en la noche bajo un impetuoso aguacero y cargando una gran bolsa oscura a cuestas, circulaba por la vía un hombre de unos treinta y cinco años; iba con pantalón corto y sucio, sin camisa ni zapatos. Nadie reparó en él, era un inexistente.

Hace unos años, detrás de una cerca, en un cauce por la Colonia Centroamérica, un ser similar al antes descrito, estaba retorciéndose del dolor, ensangrentado, era un joven que de perenne caminaba de igual manera por las avenidas en Managua. Un conductor lo atropelló, solo después de horas, alguien reparó en él. Del conductor no se supo más historia. La sensación de impotencia al observar el cuadro fue muy intensa.

Cada vez más nos cruzamos, en circunstancias realmente lastimosas, a seres humanos caminando en similitud de condiciones por nuestras ciudades; hombres y mujeres, con escasa o nula vestimenta, abandonados a su suerte.

Así y por estos hechos nació en su momento el texto de las “Bienaventuranzas del loco”, que dice y reza:

“…Bienaventurado el loco, porque cruza la calle en las ciudades sin temor a ser atropellado, porque cree que las ciudades son para el hombre y no para las máquinas y que el cuerdo le maldice desde un auto en movimiento por su locura y lo golpea, que no es reclamado por familia alguna, que no tiene entierro ni recibe cristiana sepultura y que termina diseccionado por estudiantes de medicina, y no ha pasado nada en este mundo.

Bienaventurado el loco, que el cuerdo lo ve en la calle hambriento, con frío, sin casa, sin amor, sin familia, caminando al abandono de sus pasos sin dirección, que un día le ve que es atropellado con lujo de violencia, tirado y abandonado en el pavimento, que ha sabido que el sujeto era un loco, algo poco importante, y sigue su día dando la vuelta al nuevo bulto, pues no es un ser que entra en la escala humana el que se mueve y muere en estertores sobre el piso, sino un loco. Lo hacen a un lado si mucho estorba, y el mundo sigue.

Bienaventurado el loco, que me ha visto con un bocado en la mano, un plato en mi mesa, que ha deseado como ser humano aquella comida, que su mirada anhelante e interrogante me incomoda, que he vociferado en su contra con expresiones que piden correrlo, y que no ha comprendido en su locura mi inteligencia de rechazarlo, pues él se siente hombre y me ve como un igual, y quiere en su sandez una parte de ese bocado pues tiene hambre y la comida que se sirve y ve, la divide como suficiente para dos.

Bienaventurado el loco, que siente y no le sienten, que ama y no le aman, que se cansa y no tiene silla, que se duerme y no tiene almohada ni cobija, que se ensucia y no le dan baño, que defeca sin pudor alguno, que llora y no tiene hombro que le consuele; que lo moja la lluvia, el sol lo quema, el frío lo resfría, el viento lo tira y no tiene amparo. Que enferma al final del día sin cura ni medicamento alguno y menos aún, sin alguien que se lo ofrezca.

Bienaventurado el loco, el último dentro de la escala humana, pobre entre los pobres, correteado como juguete de niños, sin empresa propia, sin capital, sin propiedades, sin un sindicato o asociación, gremio, club, familia ni vos. Que es carga, estorbo y desecho de todos.

Que no vota, no decide, no opina, no platica, no vale, no existe. Que no está en nuestras oraciones. Pero que es hijo de Dios y hermano nuestro…” (Del Escape por el espejo).

Si cuando descuidamos un par de zapatos, un objeto, creamos un ladrón. ¿Qué pasa cuando descuidamos al ser humano, y le dejamos fuera de nuestro templo? Nada diferente de lo que hoy estamos viendo y viviendo en esta sociedad.

*Abogado. Máster en Derecho Local.


y catedrático universitario.

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