Erick Aguirre
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No es casual que la obsesión, más que urbana provincial, del pintor Alfonso Ximénez por las casas con sus puertas, ventanas y techos; por los zaguanes, las esquinas y calles más bien polvorientas y precarias; se caracterice por la ausencia total de gentes o habitantes; seres que el artista esconde del ojo público porque revelarlos sería desintegrarlos, sacarlos para siempre de su memoria, donde gozan de un eterno albergue, donde conversan en la penumbra mientras duermen el sueño de los sueños.

De hecho nada los evoca en el festivo colorido de sus cuadros, ni en el luminoso paisaje solar que circunda esas casas, ventanas y techos; esas calles, zaguanes y esquinas; ni en los lagos, volcanes o mares que se divisan al fondo.

Son vecindarios, aunque alegres y policromos, desolados; aparentemente inhabitados como Luvina y Comala, los pueblos desiertos que no tuvo que imaginar Juan Rulfo, pues solo imaginó a sus fantasmas; gentes muertas que solo cobran vida en la imaginación del escritor, en su memoria, y en la imaginación y la memoria de sus privilegiados lectores.

Para abordar la pintura de Ximénez el poeta Pablo Antonio Cuadra recurrió a una hipótesis antropológica que alega una concepción sacramental de las casas entre nuestros ancestros mesoamericanos. Las casas no como refugio o morada, sino como templos. Cuadra recuerda que los chorotegas sacralizaban sus casas enterrando sus ollas funerarias bajo sus umbrales, donde actos como cocinar o comer derivaban en profanos.

De ahí que sus cocinas y comedores funcionaran (y aún funcionen, en muchos casos) en esas arquitecturas provisionales independientes, instaladas aparte, que en casi todas las regiones de América Latina conocemos como bahareques o bajareques.

No sé hasta dónde haya sido comprobada, o sea comprobable esa hipótesis. Lo cierto es que en algo acierta Cuadra respecto a la obra pictórica de Ximénez: el obsesivo tema de las casas provinciales aparentemente vacías, en el fondo evoca a los seres que el artista oculta o cubre. Sus barrios provinciales o marginales pintados con colores “cortados a machete” por el sol nicaragüense, ocultan con su aridez la identidad de sus moradores, cuya existencia solo puede ser descubierta a través de la poesía.

Son barrios de pocas calles y muchos colores; con puertas, ventanas, cercos, gradas y pequeños muros, pero sin un alma que parezca habitarlos; ni siquiera sombras recorriendo los patios. En ellos solo podemos imaginar que han pasado (y volverán a pasar eternamente) las procesiones de la Semana Santa: el viacrucis, el santo entierro, la resurrección; el Cristo crucificado seguido por muchedumbres de beatas; vecindarios desiertos que el pintor esboza “como raspados difusos de alegres e iluminados colores”.

Alfonso Ximénez nació y creció en el barrio Cristo del Rosario de Managua. A los doce años de edad ingresó a la Escuela Nacional de Bellas Artes, entonces dirigida por el maestro Rodrigo Peñalba, de quien fue discípulo junto a otros contemporáneos suyos un poco menores o posteriores en su emergencia al surgimiento del beligerante grupo Praxis; entre ellos Alejandro Canales, Efrén Medina y Róger Pérez de la Rocha.

Fue miembro del grupo Gradas, movimiento cultural surgido en los años setentas como expresión de resistencia desde la poesía, la música y las artes, a la dictadura somocista. Por esos años también fue ilustrador y diseñador gráfico de La Prensa Literaria.

Residió un tiempo en Costa Rica, donde trabajó el grabado con el artista guatemalteco Alejandro Abularach, en el Centro Regional de Artes Gráficas de San José. También radicó algunos años en San Francisco, California, donde instaló un taller y ha expuesto sus obras. También ha expuesto en Washington y Managua.

En realidad Ximénez es pintor de pocas exposiciones, pero su obra es prolífica y ampliamente apreciada por críticos y coleccionistas. La más reciente se inauguró en el Teatro Nacional Rubén Darío, en Managua, y en ella persiste su obsesión figurativa, paisajística, y su tendencia personal siempre inclinada al expresionismo.

En el entorno de sus coloridas casas apenas hay vegetación, y todas aparentan estar deshabitadas; pero en ellas, aunque el ojo práctico no los perciba, hay moradores ocultos; ánimas vivas que pueblan su memoria, su fértil y sugerente imaginario poético.


*Escritor y periodista.

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