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Entre los católicos había mucha expectación sobre lo que diría el Sínodo de Obispos en cuanto a si podrían comulgar o no los divorciados y vueltos a casar. El Sínodo finalizó y el Vaticano publicó los puntos aprobados, pero no olvidemos que --como recordó el papa Francisco-- un sínodo no es un parlamento, no tiene facultades legislativas, y los temas aprobados son únicamente recomendaciones. La Iglesia es jerárquica. El obispo de Roma --como sucesor de Pedro-- es la cabeza visible de la Iglesia y tiene autoridad universal legislativa, ejecutiva y judicial; facultades que a nivel de cada diócesis tienen los obispos --como sucesores de los apóstoles--, pero en comunión --supeditados-- al Papa. Por eso, será el papa Francisco quien decidirá cuáles y cómo implementar, o no, dichas recomendaciones.

La palabra “sínodo” significa “caminar juntos”. Es como una reunión de la familia que comenta y analiza su situación, avances, dificultades y retos, para buscar consenso en su sentir y actuar, pero corresponde al jefe de familia tomar, al final, después de escuchar a todos, las decisiones. El Sínodo de la Familia, con obispos representantes de las Conferencias Episcopales de todo el mundo, aprobó por mayoría de al menos dos tercios muchos temas sumamente importantes vinculados a la familia. El que nos ocupa no es el más importante, pero quizá el más discutido.

El numeral 83, aprobado por 248 votos contra 12, destaca el testimonio de los separados o divorciados que incluso en condiciones difíciles no vuelven a casarse, permaneciendo fieles al vínculo sacramental, mereciendo aprecio y apoyo de la Iglesia. En los numerales 84 (187 votos a favor, 72 en contra), 85 (178 a favor, 80 en contra) y 86 (190 a favor, 60 en contra) --todos con mayoría de dos tercios-- se enfatiza que los divorciados y vueltos a casar civilmente “no están excomulgados, deben estar más integrados en las comunidades cristianas pues pertenecen al Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Son bautizados, son hermanos y hermanas, y el Espíritu Santo derrama en ellos dones y carismas para el bien de todos”.

No dicen expresamente que todos puedan comulgar, pero dejan una amplía puerta abierta al decir que “se debe discernir cuáles de las diversas formas de exclusión actualmente practicadas pueden ser superadas” considerando cada caso particular. Afirman que: “los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las situaciones. Hay diferencia entre los que sinceramente se han esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio. También están los que han contraído una segunda unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están seguros en conciencia de que el primer matrimonio, irreparablemente destruido, no fue nunca válido”.

Continúan diciendo que: “es tarea de los presbíteros acompañarlos en el camino del discernimiento según la enseñanza de la Iglesia y las orientaciones del Obispo. En este proceso será útil un examen de conciencia, la reflexión y el arrepentimiento. Una sincera reflexión puede reforzar la confianza en la misericordia de Dios que no se le niega a ninguno. En algunas circunstancias la imputabilidad y la responsabilidad de una acción (se refieren a la culpabilidad) pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas (entonces no habría pecado mortal). Mientras se sostiene la norma general, es necesario reconocer que la responsabilidad respecto a determinadas acciones o decisiones no es la misma en todos los casos”.

Ahora esperemos qué decisiones tomará el papa Francisco, tomando en cuenta lo anterior.

*Abogado, periodista y escritor.

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