Elvis González Salvatierra
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Todas las personas formamos parte de la democracia, bueno, en teoría todas debemos poder participar con voz activa en lo que nos concierne, y por lo tanto gozar de derechos que nos permitan afirmar que efectivamente vivimos bien y que si faltan, tener la posibilidad de manifestar nuestras incomodidades para transformar realidades que subordinan a ciertas personas en la jerarquía de lo social.

Parte de la discriminación hacia las personas de la diversidad sexual tiene su origen en considerar que los hombres y las mujeres deben relacionarse entre sí, pero no entre las mismas o los mismos. Mientras más lejos me posicione como hombre de los mandatos culturales de lo femenino, menos la gente podrá pensar que soy un hombre homosexual. Así funciona de manera inversa en las mujeres, porque una mujer con actitudes masculinas no es “correcta”; este binarismo de género sostiene las bases de las fobias a la comunidad LGBTI.

Comprender que hay personas con opciones sexuales diferentes a la heterosexualidad, es abrir el camino a una verdadera democracia, donde lo diferente es también reconocido. Una persona no puede declararse ciudadana si su opción sexual o su identidad de género asumida no forma parte de los datos que el Estado y todas las instituciones públicas recogen previo a la creación de sus políticas públicas. Es decir, si se invisibiliza, si se niega, si se omite, es porque no hay interés por parte del mismo. Lo que no se nombra no existe.

En este sentido, las escuelas, el Gobierno y el Estado mismo no deben reglamentar ni legitimar quiénes tienen el derecho de juntarse o quiénes no lo tienen, quiénes pueden formar familia y quiénes no, por supuesto sí deben regular que estas uniones se den entre personas adultas, eso sí.

Las escuelas deberían reconocer que las familias son diversas y que las personas que la integran también lo son. La educación sexual basada en el respeto a los derechos humanos y la diversidad sexual son claves para poder educar a niños y niñas más libres y respetuosas/os de las demás personas.

Es un abuso a la libertad individual de las personas promover la heterosexualidad como forma única de poder relacionarnos en el mundo y esto a la vez sostiene que la discriminación hacia las personas lesbianas, homosexuales, bisexuales y trans son actos legítimos que se hacen para mantener un “orden” de lo social e intimidar de una manera explícita a las personas LGBTI para que no asuman públicamente que su objeto de deseo es una persona igual que él o ella.

A pesar de que cada día es notoria la presencia de los cuerpos que conforman la así llamada comunidad LGBTI en nuestro país, su participación y reconocimiento como ciudadanas o ciudadanos se ve debilitada frente a las instituciones que garantizan el cumplimiento de los derechos humanos y por la sociedad en general, el rechazo sigue siendo el núcleo duro de las fobias a las personas que transgreden la norma de la heterosexualidad.

El respeto a la diversidad sexual pasa por no excluir a las personas en tanto su opción sexual o rupturas de género, sino incluirlas por su capacidad de poder hacer de la sociedad un lugar verdaderamente democrático y humano, donde cada persona decida qué quiere ser.

*Activista feminista LGBTI, comunicador social y docente en Género.

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