Lesli Nicaragua
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Se lee y suena duro, pero no es un ataque. Ni siquiera es un juicio tan personal como generalizado. No es la violencia urbana o rural, tampoco la indolencia casi global, como clamaba hace poco ese Papa entre lobos que es Francisco. Es la masificación de denominaciones religiosas cuyo objetivo no es el de ayudar en la restauración humana, espiritual.

Lo vimos hace poco, cuando se hizo público que decenas de familias estaban hacinadas en una finca en el Occidente del país esperando el rapto divino. Aunque de una vez hay que dejar claro que este rapto es bíblico, pasará. Lo que no sucederá es que alguien sepa qué día. He aquí el meollo: una serie de corporaciones se han abrogado el derecho --sin ley-- de tener un contacto directo, cara a cara, con el único que podría saberlo todo. Y este conocimiento tiene precio, el que ellos ponen.

A primera vista resultaría plausible la germinación de lugares para congregarse, pues no existe mayor desafío humano, concreto, que la progresión espiritual. Parece contradictorio. Cosa de locos se lee en un versículo bíblico --no haré exégis, no es el propósito ni el lugar. Pero cuando estas iglesias comienzan a sacar provecho de esto, se entra en un coto de caza que es visible, pero tan bien orquestado que esconden las señales del oprobio.

¿Cuáles son? La muchedumbre de milagros instantáneos, en vivo, convincentes, ante miles de personas, transmitidos por cadenas de televisión. Y aquí pecaría si dijese que Dios no lo puede hacer --es omnipotente--. Aunque si prestamos un poco de atención veremos que para ellos no es Dios Padre el que realiza estas acciones.

Es un tipo que sopla y se caen diez. Es una mujer a la que se le ha transmitido en ese instante que el cielo demanda 200 personas que donen 20 dólares. Es un “apóstol” que maldice a sus enemigos para que mueran. Es un líder que tiene la unción para imponer, demandar, para hacer reír. Son los mismos que cobran miles de dólares para predicar que esta noche una lluvia de bendiciones caerá.

Son los que han desbancado la piedad popular, como llamó hace poco un monseñor a la acción de rendir culto a las imágenes. “Son matices tradicionales”, me dijo esa vez, sin respeto, con menosprecio hacia aquellos que creen que esas representaciones pueden hacer algo. Estos nuevos predicadores descubrieron que no es así, por eso ahora ellos son los nuevos guías de ciegos que han olvidado que hubo un sacrificado en la cruz. El que fue exaltado, el único que debe ser exaltado. Ellos son los que han creado esta nueva cultura de la blasfemia, en la que si no tiene usted cuidado, puede ser uno de sus más fervientes multiplicadores.

 

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