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DIOS, creador omnipotente de todo lo que en la vida existe, como de todo, es el dueño absoluto del tiempo, del que a cada uno con el límite de vida que nos ha dado y que continúa dando; de manera especial a los humanos, por su infinito amor quiso hacernos a su imagen y semejanza, incluyéndonos la infusión de su amor, para saberlo compartir y vivir como ÉL quiere; y así al final ineludible de la vida terrena, ir con ÉL al disfrute de su Reino por la eternidad.

El tiempo va pasando y no se detiene y solo DIOS sabe hasta dónde y cuándo la humanidad habrá de terminar y también lo que en el futuro habrá de suceder; pues lo que se conoce del pasado científico y técnicamente, aún con su avance, es limitado lo que se ha podido saber. A ÉL, fuente única de sabiduría, Creador y SEÑOR de todo el Orbe, solamente por la gracia de la fe, que propicia a quien con humildad así lo reconoce es que: EN DIOS CONFIAMOS. Así decía la moneda.

No tengo la presunción de profundizar en este tema, más que de manera ligera y superficial, pues apenas casi generalmente por el calendario y quizá algunos trozos elementales de historia conocemos; pero en fecha reciente en la parroquia San Agustín, el reverendo padre Francisco su Celebración Eucarística la ofreció de manera especial por San Juan Pablo II y en su homilía habló de su vida ejemplar de misionero; y también de octubre mes de las misiones.

San Juan Pablo II, que como todos sabemos viajando por todo el mundo fue reconocido como el Papa Misionero, en una de sus Encíclicas y asumiendo el mandato de nuestro SEÑOR a sus apóstoles, dice con claridad, que todo el que se considere cristiano, con su vida está obligado, con su ejemplo y su palabra a proclamar el Evangelio; y llevar la buena nueva a donde quiera que fuese y decididamente sin ningún temor llevar la barca de su existencia mar adentro. 

En varias parroquias de la Arquidiócesis y quizá en otras más, grupos voluntarios de feligreses de las mismas, los cuatro domingos de octubre han recorrido las calles visitando los hogares de la vecindad llevando el mensaje evangélico de la buena nueva, cumpliendo una encomiable labor cristiana, promoviendo con la doctrina la paz y el amor que sectores por la falta de DIOS en muchos ambientes se va dilapidando.

Es de absoluta necesidad que dicha campaña no sea solamente en octubre. Debemos estar conscientes que la paz y el amor deben ser el pan nuestro de cada día; y que los que nos auto llamamos cristianos, como decía San Juan Pablo II, sin ningún temor y en todo tiempo, con el remo de nuestra fe y remando mar adentro, de la manera que podamos, con nuestra vida y nuestro ejemplo, contribuyamos a sanear nuestra sociedad secularmente enferma.

Y que el octubre de nuestra existencia, viviendo como DIOS manda la vida y el tiempo que nos da, a su ineludible final, vayamos con ÉL al disfrute de su Reino por la eternidad.

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