Mónica Zalaquett
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“Me llamo Scott y tengo 18 años. Cuando era chiquito mi padre peleaba todos los días con mi madre, la aventaba y le gritaba. A pesar de que yo tenía 9 años y mi hermano ocho nos metíamos a defenderla y entonces a él le daba pena y se detenía. Él muchas veces llegaba bolo y cuando yo le preguntaba por qué le pegaba, se ponía a llorar, llamaba a su mamá porque estaba pequeño cuando ella se murió, y al siguiente día ya no recordaba nada.

Mi papá andaba en una pandilla, armaba pleitos con otros grupos y se agarraban a balazos. Yo miraba muchas cosas malas porque me llevaba con él a las calles, aunque sus amigos me chineaban y me subían a un palo para esconderme hasta que pasaran los pleitos. En esa época pensaba que iba a ser pandillero y a seguir los pasos de mi padre.

No me olvido de una vez que la pandilla de mi papá agarró escopetas, pistolas de 9 milímetros y una UZI y mataron a tres de la pandilla enemiga. Yo sentí pánico porque pensé que eso me iba a pasar a mí después. Fue horrible, porque luego que estaban heridos los agarraron a machetazos y los hicieron sufrir hasta que murieron.  Yo miré todo escondido detrás de un muro, pensando que mi papá era un hombre malo, un criminal. En otra ocasión estaba en un carro con unos amigos de mi papá, cuando agarraron a alguien, le cortaron los dedos y le dijeron “con nosotros nadie se mete”. Yo miré todo, aunque ellos me dijeron que cerrara los ojos y no viera nada. 

Cuando cumplí los 14 me metí con un grupo de chavalos a fumar marihuana y me decían que fuera a robar con ellos, pero me entraba miedo porque no quería caer preso. Por ese tiempo el Ceprev contactó a mi papá y yo fui viendo el cambio en él, porque después de un tiempo dejó las vagancias y se salió de  la pandilla y de todos los vicios. Empezó a trabajar como albañil y también dejó de ser violento en las calles y con mi mamá. Ahora es como calladito, pero nos cuida a nosotros y nos aconseja que nos apartemos de los problemas.

A mí me agarró el Ceprev a tiempo, porque iba camino de vivir la misma historia de mi papá. Tenía 16 años cuando la psicóloga me invitó a un taller y allí aprendí que el machismo también mata a los hombres, porque nos empuja a los vicios, a robar, a ser violentos y a perder la conciencia, como le pasó a mi papá.

Antes me insultaban los chavalos de mi barrio  y me ponía enojado, ahora no le pongo mente, porque me da igual lo que me digan y no quiero salir agredido o caer preso. Cuando llego a la casa después del trabajo no salgo a la calle, me pongo a ver televisión, a escuchar música para distraerme y después me duermo.

Mi mamá nos aconseja que no sigamos los pasos de mi papá, porque a él lo hirieron y lo mandaron varias semanas al hospital y también cayó preso varias veces en La Modelo. Ella fue la que me dijo que viniera a los talleres del Ceprev, porque eso fue lo que había hecho cambiar a mi papá.

Yo soy el hijo mayor y mi papá me dice que me parezco a él. Por eso creo que si el Ceprev no hubiera llegado al barrio yo también hubiera seguido sus malos pasos y tal vez estuviera muerto. En el barrio donde vivimos antes le robaban a la gente y si uno no andaba dinero lo golpeaban o lo mataban. Ahora  el barrio está más calmo, ya no se arman pleitos, ya no se meten a robar a las casas, no hay esa vagancia, ni las balaceras que se escuchaban antes. 

Ahora estoy trabajando con mi papá, instalando tuberías y haciendo carreteras. Me siento mejor ganando los reales de mi sudor, no me interesan los reales de otra persona que tal vez se mató trabajando para que alguien venga a robárselos. También pienso volver a estudiar los domingos para sacar mi secundaria y estudiar inglés, porque tengo un tío que me quiere mandar a traer para que me vaya a los Estados Unidos y así poder ayudar a mi familia más adelante”.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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