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Era viernes de competiciones futbolísticas, preparatorias de la Eurocopa 2016. En el segundo tiempo, las narraciones de los partidos fueron tomadas por la terrible noticia.

En París, cerca del Stade de France, habían ocurrido varios atentados, que habían obligado a evacuar del estadio al presidente de Francia, François Hollande.

Decenas de muertos, en una nueva, atroz, campaña de atentados terroristas. Decenas.

Pocas cosas hay que provoquen mayor repudio que la matanza de inocentes. El terror esparcido entre personas que nada tienen que ver con lo que odian los terroristas.

Pero eso es la substancia del terrorismo. Esparcir miedo indiscriminadamente entre quienes no tienen culpa alguna en las causas que –dicen-- motivan a los terroristas.

En 2015, el terrorismo se ha multiplicado por 15,000 comparado con el año 2000.

En 2001, EE.UU. invadió a Afganistán. En 2003, invadió a Iraq. 2011 le tocó a Libia. En 2013 a Siria. Cada invasión contra un país musulmán reproducía el terrorismo.

Hubo 199 atentados terroristas en 2002, según el Departamento de Estado de EE.UU., con 725 muertos. En 2014 sumaron más de 13,463 atentados, con 32,727 muertos. 

Imposible negar la relación causa-efecto. En 1990, en Afganistán, pretextando la lucha anticomunista, la CIA y Arabia Saudí crearon Al Qaeda. En 2014 el Estado Islámico.

La fábula de Frankenstein. Crear un monstruo que, luego, se libera y busca matar a su creador. Algo así vive Europa. 

La solución, devolver dignidad y libertad al Islam. Difícil, pero posible.

az.sinveniracuento@gmail.com

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