Salomón Manzanarez Calero
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La vida es efímera, pasa rápido. Cuando miramos hacia atrás para recordar la niñez, las inquietudes de la juventud y la adultez, el tiempo no se detuvo y siguió repasando esa “bio-película”, un guión con escenas del día a día y casi sin darnos cuenta la época es otra.

“La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la hermosura de los ancianos es su vejez”, en parte se refiere La Biblia en Pr. 20:29, respecto a los ancianos. El anciano ofrece un caudal de experiencia y sabiduría de la vida que el joven puede aprovechar. Es fuente de consejos y su saber es la mejor herencia para futuras generaciones.

Sin embargo, convivir con personas adultas para muchos es una carga más en la familia, para otros se convierte en aprovechamiento del cúmulo de experiencias vividas personalmente. Y es carga más aún porque arriba de los 60 y 70 años el ser humano pierde algunas capacidades físicas y mentales, por lo tanto, es considerado simplemente inservible.

Las personas ancianas muchas veces son abandonadas a su suerte, algunos ubicados en albergues, en donde la atención se complica dado los raquíticos presupuestos económicos.

En estos hogares hay quienes se portaron excelentes con sus hijos y que, por lo tanto, deberían estar muy bien asistidos en sus casas, pero sus hijos no reconocieron su labor y los dejaron abandonados. Asimismo, hay quienes no pudieron ser buenos padres o madres y ahí están las consecuencias. Pero el asunto no es juzgar las actuaciones, ahora es proceder y aprender de ellas. Uno de los locales de asistencia a ancianos es el asilo San Vicente de Paul, en Chinandega, y que está bajo la dirección del padre Francisco. Ahí albergan a 47 personas originarias de distintas localidades y cuentan con el presupuesto anual insuficiente para solventar los gastos.

Hace dos años, personas altruistas de diversas instituciones se organizaron para desarrollar el evento recreativo Reto San Cristóbal, en donde participaron nacionales y extranjeros en una caminata de más de 10 kilómetros hasta el volcán San Cristóbal, en Chinandega. Llegar hasta el cráter es cansado, pero saludable. El recorrido es largo, pero confortante cuando muchos lo hacen como muestra de solidaridad. Ahí asistieron caminantes de León, Managua, Matagalpa, Masaya que aportaron económicamente para los ancianos. Pues lo recaudado se entregó al asilo. No fue la gran cantidad, pero ayudó a mitigar algunas necesidades, además fue un incentivo para que otras instituciones hagan labores filantrópicas.

Los asilos de ancianos, al igual que las cárceles, no deberían de existir si cada ser humano se responsabiliza por sus acciones. Si supiéramos reconocer y agradecer lo que hacen otras personas por cada semejante. Una sociedad educada en valores sobresale ante las adversidades y batalla los desafíos para el bien integral. Un país con sensibilidad humana es también parte del desarrollo de la aldea global que cada día graba su propia película cuando viaja por el espacio sideral enfrentando retos como el del San Cristóbal, pero por solidaridad.

Periodista.

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