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Los debates de los aspirantes a la candidatura presidencial de sus respectivos partidos, en Estados Unidos, constituyen una práctica ejemplar.

Igual sucede en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia o los países nórdicos. Esta es una confirmación del interés nacional para entregar el poder político, periódicamente, a quien el pueblo escoja.   

El poder es un recurso legítimo facilitado para todos los líderes políticos, con iguales derechos y obligaciones. Quienes lo detenten no pueden esgrimir ser los dueños del mismo, porque se convertirían en usurpadores. 

El que quiera quedarse con el poder, le roba al pueblo su derecho a asignarlo.  

Las prácticas saludables del debate público, entre candidatos, confirman la importancia de oír propuestas diferentes para elegir bien informados.  

Votar es un derecho que los neo-socialistas latinoamericanos han desprovisto, arbitrariamente, del sentido de libertad de conciencia. Y no debería ser así.

El ejercicio del voto es más que un derecho; es un acto volitivo-intelectual que permite al ciudadano sopesar alternativas distintas. El único requisito constitucional que debería existir sería asegurarle alternativas al ciudadano. Se elige entre varias opciones que son mentalmente comparadas, contrastadas, sopesadas.

Si no hay alternancia en el poder, este se vuelve absoluto, corrompe, tiraniza; degrada el carácter cívico y libertario de la democracia. Insulta al pueblo porque solo se le ve como súbdito. No como gobernante real.

En Cuba, Fidel Castro afirmaba que ahí sí había democracia, pues votaba más del 96% de la población. ¿Pero para elegir entre cuántas alternativas? ¿Cuáles opciones? ¿Puede el pueblo cubano todavía sopesar qué candidatos, de diferentes partidos, tendrían mejores propuestas, debatidas públicamente ante los medios? No.  

El hecho de marcar con una “X” una papeleta donde hay un solo candidato, impuesto por “la revolución”, no es votar. Es refrendar lo que ya ha determinado el sistema totalitario que avasalla a todos los ciudadanos. Es una payasada, porque si nadie votara, siempre quedaría electo el candidato único de la papeleta. 

Votar en una democracia va más allá. Es un proceso libre,  donde la razón, los gustos, el sentido común y la visión ciudadana determinan por su propia voluntad qué debería ser lo mejor para su país.

Cuando se afirmaba que en los Estados Unidos votaba menos del 60% de la población, el habilidoso Castro aseguraba con sus elocuentes sofismas políticos que: “La democracia cubana es mejor que la norteamericana”. 

Ningún ciudadano cubano elige. Le imponen. Deben someterse para poder sobrevivir. Mientras que en Estados Unidos el que no quiera votar no vivirá temeroso de ser reprimido o saberse perseguido político.

Hoy los dictadores poscastristas latinoamericanos aseguran que esa democracia electorera no sirve, pues “no se debe rifar el poder que es del pueblo”. ¿Quién los eligió a ellos para determinar quién es o no del pueblo? 

Quien irrespeta a un sector ciudadano, por muy pequeño que fuere, no puede ser demócrata. En la democracia, mayorías y minorías tienen iguales derechos. 

Se puede argüir que tanto en Estados Unidos como en Inglaterra, las opciones no son muchas porque solo compiten dos o tres partidos. ¡Pero compiten! Y esas opciones ofrecen  programas ideológicos variados a quienes los deseen aceptar. 

En Cuba, sin opciones, no hay competencia. ¿Qué se elige? Nada.

En Estados Unidos no existe tal cosa como que cada partido tiene solo una ideología. Ahí prevalece el concepto de las tiendas ideológicas (ideological tents). Así, los republicanos de derecha dan cabida a moderados (Bush), conservadores (Fiorina) y derechistas extremos (Trump). La diversidad es interna. Los demócratas, a la izquierda, por su parte, acogen a liberales (los Clinton), socialdemócratas (Obama) y a socialistas (Sanders). Y nadie impone a un candidato. Se eligen en convenciones donde se escuchan todas las opciones.

El punto es que donde hay opciones, se preservan el respeto a la libertad individual, el pluralismo político e ideológico, y la selección libre, sin imposiciones del partido en el poder; que, usualmente, tiene todas las prerrogativas y ventajas para imponerse a la mayoría. Ello hace que el principio de la alternabilidad en el poder sea ejercido, respetado y preservado.

Así, la democracia es un sistema que parte del respeto a la libertad que cada persona debe tener para elegir a su candidato, sin sometimiento, temor o la inseguridad de que los elegidos no sean desestimados porque haya funcionarios públicos que mal interpreten las leyes o cuenten deshonestamente los votos. 

La democracia es un mecanismo que únicamente se valida cuando hay plena libertad, sin trucos ni trampas, desde las leyes, los partidos, y al interior de las conciencias individuales.

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