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¿Legado? Él nunca habló en esos términos. Tal vez por una modestia ligada profundamente a lo que siempre consideró nada más que su labor, la de hacer periodismo de convicción. Algo solo entendible cuando se ama lo que se hace. Por tanto, la palabra legado para Danilo Aguirre Solís implicaba una especie de transustanciación que nunca se lograría por fe periodística, sino con la escritura misma.

Por eso nunca fallaba al periódico -tal vez exagero. Aunque siempre supuse que seguía laborando en esa edición diaria cuando físicamente se le hacía imposible llegar. Y hoy pienso que igual seguía trabajando hasta el último día, mentalmente, cada vez que leía cualquier periódico o el diario que fundó, tal vez retitulando, volteando una noticia, o parafraseando lo que le dijo a Luis Galeano en una entrevista de hace cinco años: dotando de belleza las facetas de las noticias. Porque, siguiendo su ejemplo, no se puede tergiversar ni mentir, solo aditamentar. Y será la cultura del que sintetice, la que atrape el alma de la noticia.

Lo conocí en 2004, cuando por casualidades provocadas aterricé en El Nuevo Diario. Ya había escuchado de él en mis años de estudiante de periodismo y había leído hacía poco la monografía de Roberto Collado sobre los primeros veinte años de políticas editoriales, porque mi trabajo de graduación fue sobre análisis de titulares y notas de END. Así que cuando llegué al diario, llevaba una idea de quién era el “doctor”. Pero cuando al fin tuve la oportunidad de cruzar un par de palabras con él, lo vi como dijo Edgar Tijerino, un dinosaurio.

Alguien extinto. No en el mal sentido, sino como Balzac, ese escritor permanente, que dedicaba 18 horas a su labor. Yo le corregía los editoriales, que venían escritos a máquina. Estos textos aparecían en un fondo celeste anunciados en la portada. Y cuando había alguna duda, era mejor consultarlo con él directamente, pues era el periódico mismo el que articulaba su posición en ese momento.

Así que lo conocí por una duda. Con la hoja en mano subí a su oficina. Allí estaba, sentado, revisando notas impresas, con un lapicero en los dedos. “Ajá, ¿cuál es la duda?” -preguntó-. El maestro Aburto entraba en ese momento para decirle algo. “Es que este título…” Fue como sacar una cebolla. Yo solo llevaba los tallos en la mano, el bulbo, el sabor, estaba escondido en las intermitencias de lo sugerente que me explicó. “Así déjalo”.

Entonces comprendí, para siempre, que la titulación no solo se aprende con el análisis y la lectura, sino con la intuición de lo venidero. Como trabajar el pasado a través del presente para prevenir la acción futura. El “doctor” lo sabía. 

Los griegos, cuando evaluaban la trascendencia de los seres que partían, a los que admiraban, hacían una sola pregunta: ¿tenía pathos -pasión? Más allá de los comentarios que le hizo a Galeano en su entrevista, a los amigos en sus conversaciones y en las reuniones de editores de la tres de la tarde… la respuesta está en sus titulares.

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