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No pude estar presente en el homenaje al consagrado y veterano escritor Fernando Silva por hallarme, a la misma hora, en el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, impartiendo la conferencia “Rubén Darío ante los Estados Unidos”. Por eso quisiera sumarme al mismo dedicándole unas líneas a su celebrada novela El Comandante, cuya primera edición data de 1969. Antes señalaré que las bromas cariñosas se prodigaron en esa festiva convocatoria. En una de ellas, según FAO, un amigo afirmó que le hubiera otorgado a Silva el Premio Nobel por su referida novela. 

Pero seamos serios. Nunca una novela fue tan esperada en Nicaragua como El Comandante. Un año antes de su primera edición, Pablo Antonio Cuadra consignaba en la nota “Para una antología del cuento nicaragüense” (El Pez y la Serpiente, núm. 9, verano, 1968): “De Fernando Silva publicamos sus últimos tres cuentos cortos escritos en 1967. A continuación Silva terminó su primera novela, El Comandante, que acaba de leer a sus amigos, la cual, por su sorprendente idioma literario, por su originalidad y calidad narrativas, conquistará --no lo dudamos-- un lugar destacado en la novela actual de Hispanoamérica”.

Y es que el evidente logro de la narrativa breve de Silva, sustentada en el dominio de la oralidad --o, mejor dicho, del habla nicaragüense--, auguraba el de su inicial incursión novelística. Mas, surgida en el contexto del boom de la novela latinoamericana (Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar, Fuentes, Lezama Lima y otros), El Comandante resultaba ajena a ese proceso. Sin complejidad alguna, era una novela tradicional. “Está más cerca de Don Segundo sombra que de Paradiso”, comenté entonces (La Prensa Literaria, 6 de julio, 1969). No en vano había sido descartada por el crítico mexicano Emmanuel Carballo en el Certamen Centroamericano de Novela “Miguel Ángel Asturias” que en 1968 patrocinó el Consejo Superior Universitario Centroamericano (Csuca). De las 28 novelas presentadas, 14 fueron “indignas de una lectura”; luego las restantes 12 “sin ser deplorables, distaron mucho de parecerme excelentes [entre ellas El Comandante]. Estas obras aportan poco o nada al desarrollo de la novela en América Latina” (La 
Pájara Pinta, San Salvador, núm. 38, 1968).

Y así era. Sin embargo, la novela de Silva conformaba un mundo narrativo propio (la reconstrucción de la infancia en una región selvática de Nicaragua) y recreaba anécdotas humorísticas, todo para constituir un emotivo retrato del protagonista: un viejo alto y campechano --padre del autor-- que tenía a su cargo la comandancia del caserío fluvial El Castillo, en el Río San Juan, ejerciendo la autoridad. Francisco Silva era su nombre y entre sus recuerdos, figuraba su participación en la batalla de Namasigüe, ganada por el ejército nicaragüense de J. Santos Zelaya, los de Honduras y Nicaragua.

Casi todos los relatos poseen cierta autonomía --destacándose los que tienen de personaje al negro Rullo-- y no superan los cuentos reunidos en De tierra y agua; más continúan el logro coloquial del autor. La crítica más justa que ha recibido El Comandante es la de Nydia Palacios: “Mediante la magia del recuerdo, la figura de el comandante se agiganta. Los personajes, gente del pueblo, cobran vida durante su breve aparición en algunas escenas. La novela carece de un hilo argumental. La fabulación no existe. El Comandante configura una serie de cuadros costumbristas”. Entre otros, la doma de caballos, las peleas de gallos y las dos mujeres de El Castillo: la María Chila y la Mercedes de Ruperto, involucrada en una disputa verbal y sexual en torno del “tortugo pecho quebrado”.

A raíz de su aparición, El Comandante fue discutido como ninguna otra novela en el país. Pero se impuso el panegírico, la apreciación parcializada y subjetiva, más un paralelismo hiperbólico. En efecto, Ángel Martínez (Encuentro, núm. 8, abril-junio, 1969) e Iván Uriarte (La Prensa Literaria, 13 de julio, 1969) compararon el libro de cuentos De tierra y agua y El Comandante con las Novelas ejemplares y Don Quijote de la Mancha de Cervantes, y con El llano en llamas y Pedro de Páramo de Juan Rulfo, respectivamente. Cinco años después, se mantenía el mismo tipo de recepción (La Prensa Literaria, 7 de julio, 1974). 

En fin, con sus seis ediciones, El Comandante no ha merecido verdaderas aproximaciones críticas. Incluso Nicasio Urbina no la consideró representativa de la novelística nicaragüense en su estudio narratológico, excluyéndola del mismo. Y tampoco se ha traducido a otro idioma.

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