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Hay, entre otras, tres maneras de actuar --aunque no nos percatemos y cueste reconocerlo-- que son comunes y frecuentes, y contaminan limitando la comunicación cotidiana, obstaculizan el desarrollo personal y social, expresan una actitud, nuestra percepción sesgada por prejuicio, miedo o incapacidad, son el reflejo de la principal barrera que impide a las personas y a la sociedad comprendernos para avanzar y construir.

La primera es creer que el otro sabe lo que uno piensa, deducirlo sin haberlo dicho, sin expresarlo con claridad, como si las personas pudieran leer los pensamientos o estuvieran obligados a deducir la voluntad ajena, eso del refrán “al entendido con señas” no debería asumirse con generalidad. Ocurre en los objetivos y tareas de una empresa u organización, del jefe hacia sus empleados, del maestro a sus alumnos, del padre a los hijos, de la mujer al marido y viceversa…, suceden el funcionamiento social, en la relación laboral, familiar y personal. Dar por entendido que el otro sabe, entiende o conoce lo que hemos pensado -o tal vez dicho a nuestra manera- ¿sabemos lo que queremos? -a veces ni eso es claro, ¿cómo pretender que el otro lo sepa?-, sin que exista comprensión de ello, no solo por nuestra omisión, sino porque los individuos y grupos sociales aprendemos de manera distinta y en distinto tiempo, una misma frase puede tener connotación diferente, según las experiencias personales, según la cultura y las creencias, las predisposiciones y prejuicios. Ello nos lleva a perder el tiempo, a distraer los esfuerzos, a agotar los recursos, dispersa los propósitos, genera incomodidad y afecta la convivencia.

La segunda es que ante una pregunta clara -o una discusión sobre un asunto-, respondemos otra cosa distinta, quizás vinculada -según nuestra lógica personal-, pero no directa al punto, no propia de la cuestión en referencia. La conversación se desvía. Nos vamos por la tangente, divagamos en las conversaciones con dificultad para concretizar, se habla de la inmortalidad del cangrejo, quizás por costumbre, miedo, incomprensión o distracción, porque en nuestra cabeza se construyó una deducción desconocida para el otro, propia de nuestra imaginación y prejuicio. Respetar el tiempo personal y el del otro es importante, relajar la conversación no implica diluirse sin enfocarse ni llegar a nada.

Por último nos referimos a la capacidad de evadir la responsabilidad personal ante un error o fracaso, le echamos la culpa a otro: al maestro, al jefe, al compañero, al marido, a la mujer, a los padres, al vecino, a la organización, al pasado, al extranjero, al gobierno, al sistema político, al clima, a la falta de tiempo, a la circunstancia, etc. No tomamos el toro por los cuernos. Pretendemos evadir la culpa, las consecuencias de nuestros actos, incapaces de asumir nuestras decisiones, actuaciones u omisiones con sus efectos, sin reconocer los defectos y debilidades y por lo tanto, sin intención de cambiar y mejorar. Al evadir no identificamos la obligación propia, ¿es falta de humildad o ignorancia? Es actitud, nuestro principal obstáculo. Si el culpable (intencional o no) y la responsabilidad, afirmamos o pensamos con frecuencia que está en otros, conclusión, no depende de mí, sino de otro, es una variable que no controlo, por lo tanto, no hay manera de influir y mejorar lo que de mí no depende, típica excusa que asumimos como práctica y visión personal y social, tal vez eso consuela, libera de obligaciones y nos estanca en donde estamos. La escritora norteamericana Erika Jong escribió: “Tome la mano en sus propias manos y ¿qué sucede? Una cosa terrible: no hay nadie a quien culpar”. Según Carlos Fuentes: “Algo se ha agotado en América Latina, los pretextos para justificar la pobreza”, podemos explicarla, pero es injustificable…

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