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América es continente de inmigraciones y emigraciones. Desde los primeros habitantes llegados de Asia hasta los últimos, que somos nosotros mismos, migrar ha sido regla.

Con tristeza leí la situación en Peñas Blancas cuando, irresponsable e ilegalmente, las autoridades costarricenses lanzaron a casi 2,000 cubanos hacia territorio nicaragüense.

Algo huele a podrido en Costa Rica cuando trata de tal manera a un número tan alto de personas (olvidemos nacionalidades), siendo su deber darles apoyo, cobijo, refugio.

Cada día, mes, año, decenas de miles de centroamericanos son expulsados de EE.UU. y México. El último dato estremece. Solo desde México fueron deportados 133,621 centroamericanos, de ellos 1,147 nicaragüenses.

México, a su vez, sufre la expulsión de decenas de miles de mexicanos de EE.UU. cada año. Este 2015, el tal Donald Trump ha cargado su xenofobia contra los mexicanos.

EE.UU. obliga a nuestros pobres países (si no fueran pobres no podría obligarles) a ser frontera de EE.UU. Cada país al sur del río Grande debe ser un muro contenedor.

La actual crisis migratoria en Europa provocó un hecho inusual. Los países de tránsito (Grecia, Serbia, Croacia y Eslovenia) abrieron sus fronteras, dieron paso a los refugiados.

Pusieron barcos, trenes y buses para acercarlos a sus destinos: Alemania, Austria y los países nórdicos. Ponerles muros implicaba cargar con ellos. Egoísmo inteligente.

¿Por qué no hacemos lo mismo? Si el propósito de esos migrantes es alcanzar EE.UU., ¿por qué no acercarlos? Sería práctico pero, sobre todo, sería humanitario.

Profundamente humanitario.

az.sinveniracuento@gmail.com

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