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Se acercan “las purísimas”, como llamamos a las celebraciones en honor a la Inmaculada Concepción de María, conmemorando que fue concebida sin pecado original por sus padres San Joaquín y Santa Ana. Concebida sin mancha, purísima, como tenía que ser la futura madre de Jesús. El novenario de La Purísima es la más bella celebración religiosa de Nicaragua. Familiar y comunitaria, fomentando la fraternidad, la hospitalidad, el compartir con alegría, con oraciones y cantos, refrescos, golosinas y obsequios sencillos. Sin licor, sin actos de carnaval, sin mezclas paganas. Una devoción a la Patrona de Nicaragua, la Inmaculada Concepción, en cuyo honor el santo Juan Pablo II nombró basílica (título otorgado a templos importantes) a la iglesita de El Viejo, donde se reverencia la imagen de la Inmaculada enviada por Santa Teresa de Jesús con su hermano Rodrigo.

Pero es importante y necesario aclarar que nuestro amor a la Virgen María a veces nos lleva a ver en ella atributos divinos, como si fuera una diosa; y no lo es. La Virgen es totalmente humana, no divina. Solo Dios es divino. No son correctas ciertas expresiones como “Salve azucena divina”. Por eso una orden de monjitas y su colegio, que usaban el nombre de “Divina Pastora”, tuvieron que cambiarlo a “Madre del Divino Pastor”. A La Virgen la amamos, la veneramos, pero no la adoramos. Los católicos adoramos solo a Dios. Tampoco es correcto que los evangélicos digan que María es una mujer como cualquier otra.

María es especial; la escogida como madre de Dios hecho hombre no es como cualquier otra mujer. Ella es llena de gracia (llena de la santificación que da Dios), como la llamó el ángel. Colmada de gracia. En lo que está lleno, colmado, no cabe nada más, por eso en María no cabe ni siquiera el pecado original. Es bendita más que todas las mujeres, y todas las generaciones la llamarán Bienaventurada. Todo eso está en la Biblia.

Nuestra amada Purísima no es divina, pero es la madre de Dios; de Jesús, Dios hecho hombre. Si Jesús nos ama tanto a todos, cuánto más amará a su madre. Y si Dios nos pide interceder, orar unos por otros, cuánto más escuchará los ruegos de María, su madre, intercediendo por nosotros. Por eso es correcto rezarle diciéndole: “ruega por nosotros”. Pedimos su auxilio, no porque ella tenga poderes mágicos, sino porque intercede por nosotros, sus hijos, ante su hijo mayor, nuestro hermano Jesús, que es Dios. ¡Ese es el poder de la Virgen María! La Santísima Virgen que tanto amamos nos conduce a Jesús. Ella es la misma del pesebre de Belén, la que estuvo al pie de la Cruz y con los apóstoles en Pentecostés; la misma de Lourdes, de Fátima, de Guadalupe… La misma venerada como la Purísima en Nicaragua. Sus imágenes más comunes en nuestros altares son inspiradas en los famosos cuadros de La Inmaculada, de Murillo. La de la Basílica en El Viejo es diferente, así como la venerada en Granada, la cual lleva al Niño Jesús en sus brazos. ¡Pero es la misma Virgen Purísima!

Estos días cercanos a “las purísimas” he leído el libro del Dr. Enrique Alvarado Abaunza, “Perfecta unión de María con Jesús”. Lo recomiendo a quienes deseen conocer más sobre la Virgen. Escrito sin mitos, leyendas ni beaterías, apegado a la sana doctrina católica, con lenguaje accesible para todos, pero profundizando en los temas más importantes sobre la Virgen, con numerosas citas bíblicas, amplia bibliografía y valiosos comentarios anexos. Quien ame a María lo disfrutará mucho.

Abogado, periodista y escritor.

 

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