Erick Aguirre
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Entre nuestros escritores contemporáneos, quien ha encontrado la mejor forma literaria de mostrar lo nicaragüense ha sido Fernando Silva, uno de los primeros autores que lograron convertir en literatura el habla cotidiana del Pacífico y Centro de Nicaragua. Y eso se debe a que este hombre culto, médico graduado en Francia, vivió una infancia y juventud muy vinculadas a esta tierra y su gente.

Silva nació con un oído literario prodigioso, una aguda inteligencia y el dominio casi natural de la más plena de las capacidades o aptitudes narrativas: el impulso incontenible de contar, las ganas indoblegables de contarlo todo tal como se ha visto y oído. Pero, sobre todo, como se recuerda, y más precisamente cómo lo recuerda el oído.

Prolífico autor de cuentos, poesía y novelas, Silva tiene esa sensibilidad auditiva propia de los auténticos narradores, que les permite apropiarse con extraordinaria fidelidad de los giros, tonos, “dejes” y maneras con que se comunican oralmente las personas en un ámbito determinado. Eso ha hecho de él un narrador singular, y un poeta representativo de la tradición lírica más predominante hasta ahora en Nicaragua.

Además de narrador y poeta, Silva es también lingüista, estudioso de las raíces del español nicaragüense, empeñado en analizar y emplear en su literatura las diversas formas de la oralidad en la región mesoamericana de nuestro país.

Entre una diversidad de temas lexicográficos que abarcan la nominación de características infantiles, comidas populares y frutas, así como la gestualidad propia del nicaragüense como forma de lenguaje, Silva suele abordar el interesante y largamente discutido asunto de los contrastes y similitudes entre la lengua española “autóctona” o estrictamente peninsular, y lo que él llama “lengua nicaragüense”.

Silva establece sus propios conceptos de lo que se conoce como “lenguaje” (que prefiere no distanciarlo de la noción de “idioma”), de una forma que tiendo a comprender como un entrecruzamiento o interacción constante de la pronunciación o el habla; la escritura o conjunto de complejidades sintácticas, y el conocimiento o abstracción de esas complejidades en la práctica cotidiana de la comunicación.

Sin embargo, hace énfasis en las particularidades del habla y la gestualidad en la región mesoamericana de Nicaragua, y la forma en que su mezcla con el “español tradicional”, introducido durante la Colonia, ha determinado la existencia de una lengua o lenguaje particularmente nicaragüense.

Por eso se ha dicho de él que es un escritor aferrado a la originalidad del habla, pues su propósito siempre ha sido desarrollar la expresión oral de la cultura en que nació y creció. Desde el primero hasta su más reciente libro titulado 9 cuentos de ahorita (2014), es notable esa permanente voluntad de privilegiar el tono coloquial y los giros orales de la narración.

Aun cuando en algunos de esos cuentos predomine una voz narrativa particular, y en otros simplemente la sucesión de voces propia del diálogo; el tono, la manera y el decir preponderante es el oral.

En ellos existen amagos de tramas, motivos casi ocultos y envueltos en el misterio; pero en otros la verdadera trama o los motivos están constituidos por el lenguaje, por la riqueza expresiva, sugerente y vívida con que el habla nicaragüense describe, proclama o medita. Algo que no es fácil convertir en literatura.

Silva siempre ha integrado a sus obras las formas y giros del lenguaje hablado, tratando de legitimar u otorgar autenticidad a la sintaxis oral, estableciendo una permanente tensión con las normas gramaticales de la escritura, convirtiendo al lenguaje hablado en un discurso literario original.

Es un esfuerzo que en Centroamérica solo Silva y Salarrué han logrado hacer fructífero, y que pone a prueba no solo la originalidad del escritor, sino también de la oralidad misma.

Decía José Coronel que aquel niño de El Castillo, hijo del Comandante Francisco Silva, es quien le ha dictado casi todos sus cuentos al doctor en medicina, escritor y académico de la lengua Fernando Silva Espinoza.

“El que pierde su infancia nunca madura”, decía también Coronel. Y eso es precisamente Fernando Silva: un niño que ha madurado, pero que nunca se hizo viejo, porque nunca ha saciado sus ganas de contarlo todo.

* Escritor y periodista.

 

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