•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Copenhague lucía esplendorosa, lúcida y lustrosa, a finales de 2009, cuando se realizó aquella tan esperada cita que prometía salvar el mundo y hasta sus alrededores. Pero lo que se logró fue un mísero acuerdo no vinculante, la promesa de 30 mil millones de dólares --una nada para los países desarrollados-- y una de las frases más denigrantes que se haya podido escuchar de los líderes mundiales: “Esto es lo que podemos hacer, si no lo quieren, igual lo vamos a hacer”.

Esta vez París promete más. Quien la ve desde la Torre Eiffel, con el miedo convertido en sudor empozado en los cuencos de la mano, mira todo el trazado de una ciudad pensada para durar: los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo, y más allá… están los recuerdos de la revolución, la liberación de la segunda guerra mundial y los pavorosos atentados que la postraron hace unas semanas. Pero esta ciudad se levanta y luce. Luce hoy como la última gran oportunidad de hacer la historia conscientemente, de salvar la historia.

Al momento de escribir este texto, otra masa de hielo se derretía de la Antártida, lo que supone subida en los niveles marinos; China sufría tormentas que descuajaban casas completas y desconfiguraban su orografía, mientras que en Nicaragua un bravo sol --muy encendido-- no nos ha dejado descansar durante todo el año, provocando una sequía histórica de consecuencias alimentarias funestas: escasez, agiotismo, etc. Además de la desaparición de zonas de microclimas que lindan con la capital, según dijo hace tres meses un ambientalista reconocido en el país.

El objetivo es sencillo y directo: evitar que el clima global ascienda dos centígrados. Si esto no se logra, el panorama para 2030, según los expertos en cambio climático de la Universidad de Hawai es simple: “La tierra será un desierto. Lo que hoy conocemos, dejará de existir. Plantas, animales. Solo aquellos que están diseñados genéticamente para soportar temperaturas lo suficientemente álgidas, similares a las desérticas, sobrevivirán”.

Los pronósticos no son halagüeños: se prevé que la temperatura suba seis grados en los próximos quince años si no se hace nada hoy. ¿Y qué se podría hacer? Lo principal es bajar las emisiones de gases de efecto invernadero, medida que se ha demandado desde hace 25 años. Pero las grandes economías no lo desean. Tan así, que el Protocolo de Kyoto no fue firmado por Estados Unidos en 1992, y recientemente China aumentaba su producción de carbón para producir energía. Esta es la realidad hoy.

En 2009, después de la cita sobre cambio climático, todos quedamos con el sabor de haber perdido tal vez la última oportunidad de hacer algo real por el ambiente. Recuerdo haber visto un filme en el que se presentaban las grandes culturas antiguas y su preocupación por su ambiente, y luego, en contraposición, lo que el hombre hace en esta época contra su medio. ¿Cómo alguien puede ser tan inteligente para destruir su espacio?

Esta vez Francois Hollande, el presidente francés, ha hablado alto y claro: “Nadie se puede ir si no se firma este acuerdo”.

*Periodista y escritor.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus