Mónica Zalaquett
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“Me llamo David y tengo 24 años. Mis padres se separaron cuando yo tenía seis años. Mi papá se fue a Costa Rica a trabajar y fundó otra familia allá. Después de dos años me mandó a traer y me fui a vivir con él, pero a mí no me preguntaron y yo no quería alejarme de mi mamá. Desde que me fui lloraba todos los días, me hacía falta el amor de mi madre y no me llevaba bien con mi madrastra. Fueron muy duros los once años que viví allá hasta que volví a Nicaragua.

En ese tiempo sufrí mucha violencia de mi padre, de mi madrastra y mis hermanastros. Él me golpeaba con faja, con coyunda, me decía que se arrepentía de haberme llevado y que yo no valía nada. Mi madrastra me ponía solo a mí a hacer los oficios de la casa, y mis hermanastros me discriminaban por no ser tico, me decían que era un “nica regalado” y que me fuera.

Esos años me marcaron, porque aunque tuve buenos momentos, me dediqué más que todo a andar en las calles, a escapar de esa familia que me rechazaba. Me metí en una pandilla que se enfrentaba con otras casi a diario. Usábamos pistolas 38, 9 milímetros, escopetas, cuchillos y machetes. En esos pleitos murieron dos amigos míos que eran nicas como yo, y los consideraba como mi familia.

Cuando me dieron la noticia de que iba a volver a Nicaragua me apacigüé. Cuando regresé tenía 17 años y me quedé tranquilo un tiempo, estudiando y trabajando, pero al ver que mi madre era indiferente conmigo y no me mostraba el cariño que necesita un hijo, me metí de nuevo en los grupos violentos que había en el barrio.

Aquí peleábamos con hechizas, pistolas 38 y 22, y con escopetas. En mi pandilla hubo un muerto y como 20 heridos. Yo era muy violento, me gustaba disparar porque sentía como una liberación de esos sentimientos malos ahí guardados, no me importaban ni las otras personas ni mi propia vida. Pensaba más bien que si me mataban no le iba a importar a nadie.

En el 2012 llegaron las sicólogas del Ceprev al barrio y me invitaron a un taller. Ahí empezó un cambio radical en mi vida con lo que aprendí en  los videos, las láminas de los manuales y las cosas que nos decían las sicólogas. Lo que más me llegó fue esa lámina de la olla de presión, porque me di cuenta que yo era esa olla a punto de explotar de toda la rabia y sentimientos malos que andaba adentro.

Yo le contaba mis problemas a una de las sicólogas, lo que me sucedía y cómo me sentía. Hablar de mis problemas con ella era como quitarle presión a la ollita, me sentía desahogado. Así fue que comenzó mi cambio. Luego participé en varios proyectos, aprendí a expresarme ante la gente, a exponer mi caso delante de otros jóvenes, pero lo más importante es que aprendí a valorarme a mí mismo.

Antes pensaba que no tenía valor como persona, me veía mí mismo como un fantasma, como alguien invisible. Ahora siento que valgo mucho, la sicóloga me enseñó a darme cuenta que soy un joven solidario, que puedo pintar y hacer lo que me proponga. He visto que esa cultura machista miente cuando dicen que los hombres no podemos expresarnos, porque sí  podemos. Yo ahora hablo de cómo me siento con mi sicóloga, pero también con amigos, amigas y primos.

Eso ha significado mucho para mí porque al comunicar mis sentimientos me desahogo un poco, pero también me acerca a las personas, hace que me entiendan más fácilmente y siento que puedo resolver los problemas hablando, no  como nos han enseñado de que por ser hombres tenemos que arreglarnos a golpes.

He perdido el miedo a lo que digan de mi cambio. No me importa que me digan “peluche”, “cochón”, “niña” o lo que sea, porque si me siento bien conmigo mismo, lo demás no me interesa. Más bien ahora tengo más amistades que antes, mi familia me dice que siga así, mis amigos me felicitan y me apoyan y yo también apoyo a otros jóvenes y les doy consejos.

Siempre les hablo a los muchachos de mi barrio de la importancia de dejar las drogas, tener una meta en la vida y pedir apoyo a una sicóloga cuando uno lo necesita. En un momento me dieron la oportunidad de ser escuchado y yo ahora escucho a mi mamá, a mi padrastro a los chavalos de mi barrio. Antes sentía que nadie me escuchaba, ahora siento que me dan valor como persona y eso me da motivación para seguir adelante”.

*La autora recoge testimonios de personas que desean compartir sus experiencias de cambio.

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