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Con satisfacción leí un sobrio y sopesado artículo titulado: “Por el arte y la cultura”, de mi buen y culto amigo don Manuel Aragón Buitrago, publicado en la edición del lunes 9 de noviembre en El Nuevo Diario. En el mismo, él apela a los escritores darianos tener muy en cuenta la ética y la moral a la hora de escribir sobre el poeta, y procurar presentarlo de manera integral; no resaltando únicamente su grandeza -que es sumamente grande y le ha permitido digo yo, estar en el alto pedestal que la historia le tiene asignado como clásico de la literatura- sino también indicar las ambivalencias y algunos aspectos que no le beneficiaron en su dramática vida.

Hace unos días con satisfacción tuve la oportunidad  de darle un abrazo reconociéndole ser un buen roble de antaño con muchas lunas. Un roble preciado que piensa y reflexiona, tan escaso en estos tiempos en que predomina la devastación del saber. Fue abrazo muy sentido mientras hacíamos espera en el hospital ser atendidos a quienes por los años de reflexión, la nieve cubre su testa. Para el recuerdo guardo con gran aprecio la impresión fotográfica de ese grato encuentro, que nos permitió conversar sobre literatura e historia, y ponernos al día sobre la producción mutua, resaltando de su parte sus comentarios, sobre su ensayo “Darío Versus Emilio Zola”, a propósito que Rubén menospreció a los Rougon-Macquart de Zola al referirse como una “peste y plaga”.

A un centenario del fallecimiento de Darío, su obra está vigente y persiste por la grandiosidad de su revolucionaria renovación de la lengua. Su vitalidad creadora marcó un antes y un después en la lengua hispana. 

Bien lo dijo Octavio Paz y lo es reconocido por don Manuel, que “Darío es el fundador de un nuevo impulso al idioma”, con predominio cosmopolita al ser americano de España y español de América. Rodo, el gran Rodo en su escrito como prólogo a la obra “Prosas Profanas”, no alcanzó ver ese atributo en Darío como escritor representante de América. 

La reflexión de don Manuel es válida y acertada. “Es dañoso el cliché verbal”. Darío mismo fue enfático y el primero en advertirlo como censurarlo. Pero por igual se hace necesario decir, que es peor esos que se caracterizan como detractores, que lejos de presentar a Rubén de manera integral, enfatizan la manipulación en los aspectos de su vida privada y asuntos literarios ya superados y aclarados, que atentan contra su obra, su vida y su personalidad. 

Los homenajes y celebración, a cien años de su muerte física, lejos de saturar el conocimiento de la magna obra de Darío, que es vasta y vigente, pero desconocida por muchos, se impone como un justo reconocimiento al más grande hombre que Nicaragua ha dado al mundo. 

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