Editorial
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Hablar del cambio climático en el mundo es complejo, pero si nos enfocamos en Centroamérica, un conjunto de siete países pequeños, vemos casos concretos que merecen más que una reflexión y esperamos, por ende, que la Conferencia Mundial, que inicia hoy lunes en París, deje acuerdos concretos que contribuyan a mejorar las condiciones ambientales de las naciones del istmo, entre estas Nicaragua.

Centroamérica llega a la cumbre de Naciones Unidas sobre cambio climático con una posición única, avalada por sus gobiernos, en la que destaca la preocupación por la seguridad alimentaria y, en ese contexto, busca mecanismos de adaptación a las nuevas circunstancias ambientales y financiamiento para sobreponerse a pérdidas y disminuir daños.

Aunque enfrenta el riesgo de ver disminuida su producción de alimentos, el área centroamericana es considerada todavía una zona con buena disponibilidad de agua, más de 23,000 m3 por habitante por año, tal como indica un estudio del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE).

En ese sentido, Nicaragua es clave por sus lagos, lagunas y ríos con alto caudal, al punto que algunos especialistas han dicho desde hace años que en el futuro la nación nicaragüense podría convertirse en un abastecedor de agua potable de otros países centroamericanos con menos disponibilidad de este líquido para el consumo humano.

Pero la generación de agua o la preservación de los depósitos naturales depende mucho del bosque. Es sencillo, a menos bosque menos agua, y viceversa. Lo otro es evitar la contaminación, porque si hay agua y la contaminamos con desechos de toda índole, la volveríamos inservible para el fin más importante: el consumo humano, equivalente a salud, a vida.

La propuesta centroamericana a la cumbre de París precisa que “la seguridad alimentaria, la agricultura, la producción de alimentos y la protección de los bosques, constituyen prioridades irrenunciables de adaptación para nuestros países”.

A medida que se sienten los efectos del cambio climático, ya sea con la disminución de la lluvia en época de cultivos o con precipitaciones excesivas que inundan y destruyen cuando los sembradíos empiezan a dar cosechas, surgen algunos pronósticos bastante pesimistas como que en el año 2050 casi un millón de kilómetros cuadrados del territorio mesoamericano (México, Centroamérica y República Dominicana) habrá perdido su riqueza natural. Eso significaría, por ejemplo, la reducción de la producción de café y granos básicos en Nicaragua.

Sin embargo, como sostienen científicos optimistas, estamos a tiempo de revertir esos efectos si en cada país se concentran los esfuerzos en recuperar el bosque perdido y en cuidar mejor los acuíferos, algo que debe mover no solo a instituciones públicas y organizaciones no gubernamentales, sino a la población entera o la mayoría de esta. “Reconocemos el rol de los bosques en la adaptación y mitigación del cambio climático”, plantea Centroamérica con la esperanza de que el Acuerdo de París considere una “compensación por los procesos de protección, conservación, restauración y manejo integral de los distintos ecosistemas y paisajes”.

Si la comunidad internacional, las naciones con más recursos, contribuyen con esa compensación o más inversión, será muy bueno. Pero, al margen de esas posibilidades, cada país y cada región, en este caso Centroamérica, debe avanzar lo más que pueda en la protección de sus recursos naturales porque se trata de la vida de toda su población y del futuro de la nación. Para luego es tarde, como solemos decir en Nicaragua.

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