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Los católicos, apoyados en las palabras de Jesús en los Evangelios, afirmamos que él fundó la Iglesia sobre los apóstoles y puso a la cabeza a Pedro, dándole “las llaves” que sus sucesores, como Obispos de Roma, conservan. Tales facultades Jesucristo las instituyó para que su Iglesia fuera guiada por autoridades visibles que garantizaran su unidad y continuidad, asistidos por el Espíritu Santo. Por eso la Iglesia Católica (católica significa universal) permanece unida y firme por ya más de dos mil años. Entre sus facultades están las de ayudar a los fieles a acercarse adecuadamente a Dios para gozar más de su amor y misericordia inagotables, de su infinita “indulgencia”, palabra que significa “facilidad de perdonar o disimular las culpas o de conceder gracias”. 

Sabemos que nuestra Iglesia es divina y humana; divina por ser instituida por Cristo, y humana por estar formada por hombres y mujeres. Como divina, es santa, y como humana está sujeta a que sus miembros, incluyendo los papas, sean pecadores.  Particularmente es triste la historia de algunos antiguos papas como Rodrigo Borgia (Alejandro VI), y su enemigo Giuliano della Rovere (Julio II) que además de sus conductas lujuriosas tenían ambiciones de riquezas y poderes terrenales. Julio II decretó la venta de “indulgencias” para construir la Basílica de San Pedro, poniéndole precio a la misericordia de Dios.

Nuestros pecados son perdonados por el sacrificio de Jesucristo en la Cruz. La Iglesia nos facilita el camino para reconciliarnos con Dios, pero al recibir el perdón queda la necesidad de reparar los daños causados a otros o a nosotros mismos; algunos daños son grandes y podemos repararlos solo gracias a la misericordia indulgente de Dios, en esta vida o en la otra. Pueden ayudarnos otros ofreciendo sus oraciones, pues existe “la Comunión de los Santos”, o sea la unión de todos los fieles, vivos y difuntos, que intercedemos unos por otros. La Iglesia puede y debe conducirnos hacia esa indulgencia, pero no siempre se ha hecho bien. Julio II lo hizo muy mal. 

Hace 48 años el beato Pablo VI promulgó una reforma que quería evitar los abusos y exageraciones que se han dado. Pero esa reforma, bien intencionada, todavía no logró superar las metáforas penales y semiinfernales de la teología de San Anselmo, del siglo XI, que hablaba de rebajas en años o días en que --supuestamente-- tendríamos que sufrir terribles penas por pecados ya perdonados. El papa Francisco, al proclamar el Jubileo de la Misericordia, presenta otra forma de entender esa reparación y por ende las indulgencias, superando los antiguos conceptos de castigos y rebaja de castigos. Lo hace suave y sutilmente sin provocar discusiones doctrinales, hablando de la reparación de los daños causados por el pecado como una sanación necesaria que se da en esta o en la otra vida. Una reparación entendida no como el cobro de cuentas pendientes, sino como una rehabilitación misericordiosa.

Dice el papa Francisco: “No obstante el perdón, llevamos en nuestra vida las contradicciones que son consecuencia de nuestros pecados. En el Sacramento de la Reconciliación, Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y, sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto. Ella se transforma en indulgencia del Padre que a través de la Esposa de Cristo (la Iglesia) alcanza al pecador perdonado y lo libera de todo residuo, consecuencia del pecado, habilitándolo a obrar con caridad, a crecer en el amor más bien que a recaer en el pecado.” 

*Abogado, periodista y escritor.

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