Erick Aguirre Aragón
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Hace ya casi treinta años escribí algunas impresiones sobre la obra artística de Pablo Aburto Valladares (1955). Llegó a la redacción del periódico donde yo trabajaba con una ringlera de papeles: escritos inéditos, apuntes, fotocopias de artículos, y entre ellos algunos bocetos de sus obras, que me mostró con modesto entusiasmo.

Luego nos fuimos a su apartamento en el barrio Monseñor Lezcano para verlas “en plenitud” (creo recordar que así me dijo), y para que yo, como periodista cultural, fuese testigo y apreciase de cerca su trabajo en progreso. 

Eran unos cuadros en pequeño y mediano formato: dibujos con tinta china y acuarela; collages y témpera sobre papel que no sobrepasaban los veinte por cuarenta centímetros; pero también algunos cuadros –acrílico sobre tela– relativamente más grandes, de unos cuarenta por cincuenta.

Aburto se quejaba entonces de que, cuando mostraba sus cuadros a marchantes y presuntos conocedores, casi siempre balbuceaban la palabra surrealismo. Según su impresión, unas veces lo hacían por ignorancia y otras por arrogancia, es decir, para sugerirle con cierta sorna que quizás solo eran garabatos.

Él insistía en que eran signos; signos ancestrales recreados con la ventajas técnicas que le proporcionaba el conocimiento del arte moderno. Y era cierto. La obra que yo vi entonces no era en realidad surrealista; ni siquiera, creo, podría hablar de ese surrealismo nutrido, pero alejado de Europa, sumergido en las culturas y las sensibilidades prehispánicas de América y empapado de la condicionante cultural de sus múltiples mestizajes. 

Sin embargo, algo de eso vi en aquellos pequeños cuadros: algo de Miró y mucho de Tehotihuacán y de Palenque. Eran, en verdad, signos: reproducción creativa de los glifos prehispánicos mesoamericanos, antiguamente grabados en piedra, en utensilios de barro y en cerámica. Signos trazados con sobriedad por distintas e innumerables manos a lo largo de siglos: figuraciones del misterio.

Después de tantos años transcurridos, Pablo Aburto ha bregado mucho como artista, y relativamente bastante como autor de literatura y teatro infantil; incluso como actor de teatro. Luego de muchas exposiciones y bienales, como artista estrictamente plástico parece haber evolucionado sobriamente hacia nuevas formas –quizás más festivas– de desarrollo del color, hacia el empleo de técnicas más sofisticadas que aquellos primeros dibujos en papel.

Al menos eso es lo que, según creo, demostró poco antes de enfermar gravemente, en su más reciente exposición de pinturas, realizada a finales del año 2014 en los salones del Teatro Nacional Rubén Darío, y en cuyo catálogo me cedió la honra de reproducir algunas de estas palabras, nacidas del recuerdo amistoso y de la observación en perspectiva de su obra.

Ahora vemos más formatos grandes, más colorido y más empleo del acrílico y la tela. Pero siempre en sus dibujos –pese a cierto alejamiento de lo telúrico y a la búsqueda de nuevos patrones figurativos; incluso de algo más de alegría en el trazo–, prevalecen las misteriosas figuraciones que nos remiten al prehispanismo americano. 

“El arte prehispánico es como un océano donde cada quien puede tomar su gota de agua y crear su arte con riqueza”, dijo Aburto en una entrevista reciente.

Es cierto que siguen siendo notables en su propuesta ciertas tendencias expresionistas y cubistas: figuras planas elaboradas con cierto aire naif que, aunque siguen recordando un poco a Joan Miró, recuerdan más a Leoncio Sáenz. Solo que ese aire aparentemente ingenuo, ese júbilo cromático y las nuevas y espontáneas formas incorporadas ahora a sus nuevas obras, en el fondo recobran la ancestral permanencia del misterio.

Desde este par de cuartillas enviamos, al artista y su familia, nuestros más sinceros votos por la pronta y plena recuperación de su salud. También le reiteramos que, igual que él mismo lo ha hecho, en su arte hemos encontrado esperanza, alegría y una buena razón para vivir.

* Escritor y periodista. 

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