Lesli Nicaragua
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

El nombre, en realidad, no importa. Su historia sí, y es verídica. Sucedió hace tan solo cinco años en un hospital en la zona suroriental de Managua. El tipo, piel y hueso, y de unos ojos secos y enormes hundidos en unos cuencos demasiados sobrenaturales para esta vida, pedía únicamente, como un rumor atávico que se volvía repetición sin sentido en su boca, ir a su casa para morir.

Cuando esto pasó, el hombre tenía semanas de estar hospitalizado, y el mismo había confesado a su madre, días antes, que de esta no volvía. Ya ni quería ir al hospital -me contó ella, también hueso y piel-, le daba miedo todo eso, pero había algo más que lo hacía volverse tan solo salir de la casa. Ese algo se llama vergüenza. Para un joven vistoso, alegre, moreno y trabajador, debió ser espeluznante verse la piel cetrina, sentir los músculos sin fuerza, pero sobre todo el despido sin justificación. El jefe lo sospechó y lo corrió -dice ella, mientras se mece en una silla frente a una mesa forrada de peluche naranja sobre la cual descansa una foto de él.

Allí estaba con dos amigos, abrazados, él en medio, de camisa a rayas azul con blanco y un pantalón de mezclilla crema, los ojos pequeños y vivaces. Atrás se ven unos sombreros charros y al lado un estallido de confetis. La fiesta de un cumpleaños de su mejor amigo, que desde que lo supo, no volvió a verlo más. Siempre guardó dignidad, así que al principio, no le importó mucho. Pero a medida que avanzó eso, él se desesperaba porque no podía contarle a nadie.

La doctora le dijo que debía ser discreto. Le dio un código y una cartilla donde se le especificaba las horas de su medicación. Cuando vino la primera vez, después que le confirmaron su padecimiento, lo vi pálido y sudado. Me contó que había caminado desde el hospital hasta la casa. Como era muy pegado a mí, me contó todo. Me dijo cómo había pasado... “Entonces, mama, eso pasó”.

No le dije nada. Solo tomé un vaso con agua y lo vi más despacio, como cuando se cayó la primera vez y lo levanté, pero entonces tenía un año y le sobé la pierna que se golpeó. Ahora era algo que ni sabía que existía. En ese momento, agarré fuerzas y las lágrimas las lloré para adentro.  En realidad no tenía nada que decirle. Y si necesitaba mi apoyo, tenía mi vida para eso.

Al inicio, lo acompañaba, porque me decía que le daba pena ir solo a ese lugar, que quedaba a un lado. Como aparte. Era como separar lo bueno de lo malo. Así lo sentí. El letrero: Epidemiología, sonaba a miedo, salir corriendo de allí. Meses después me dijo que prefería ir solo. Y así fue. Hasta el día que ya no pudo salir, cuando me llamaron para decirme que debía llegar a traerlo porque no podían venirlo a dejar a la casa.

El hospital estaba alborotado. Él estaba en una camilla, con hemorragias. “Me quiero ir, me quiero ir, me quiero ir”, de-cí-a. Las lágrimas esta vez corrieron hacia afuera. La mujer estaba demudada y yo ni quería seguir escuchando, necesitaba escribir su historia. “Los médicos no daban la cara. Los camilleros no querían acercarse. Tuve que pedirle el favor a un amigo de la familia. Minutos después de llegar a la casa, murió. No lo mató eso. Lo mató el desprecio de todos ellos”. Yo me quise agachar, pero también supe que yo también, en mis prejuicios, había contribuido, incluso, sin saberlo.