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Es el gran fenómeno político del siglo XXI, aunque sus raíces se pierden en las historias de la humanidad. Durante milenios, unos pueblos y otros han recurrido al terrorismo.

Asesino viene de assasins, secta religiosa extendida en Oriente en los siglos XI y XII. Los Mau-mau, en Kenia, usaron el terror en su lucha por la independencia, en los años 50.

La Independencia Argelina fue brutal. Bombas en cafeterías de franceses, masacres de civiles árabes… Terror colonialista contra la población que apoyaba la independencia.

La guerrilla de los oprimidos era respondida con el terror del Estado. América Latina lo sufrió hasta el martirio. Fue laboratorio de EE.UU., que luego EE.UU. exportó al mundo.

La complejidad del tema ha derivado en algo singular: no existe una definición jurídica internacional de terrorismo. Se sientan los Estados a negociar y estallan las diferencias. Imposible poner de acuerdos a israelíes y palestinos. Imposible a agresores y agredidos.

En París murieron 130 personas. La conquista de Faluya, en Iraq, en 2003, por EE.UU. mató a 5,000 civiles. En Nigeria, en 2015, son centenares los asesinados.

La muerte tiene colores y valores distintos. Pocos conocen los colores de la bandera de Nigeria. Con dificultad identificarían las banderas de Iraq, Siria o Afganistán.

Los colores de la bandera francesa llenaron el mundo tras París. En Líbano se ofendieron. Medio centenar de civiles habían perecido en un atentado. Nadie hizo escándalo. 40 muertos en Nicaragua serían recogidos en cuatro líneas.


az.sinveniracuento@gmail.com

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