Orlando López-Selva
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El primer ministro de la India Narendra Modri dijo en Francia que lo que hoy queremos remediar comenzó cuando los países desarrollados se volcaron a la industrialización desmedida.

Durante dos semanas 150 jefes de Estado de 195 países del mundo se han sentado en París, con sus equipos de expertos  ambientalistas, para ver qué y cómo toman medidas para frenar el calentamiento global.

El desafío es colosal en cuanto a responsabilidad y consecuencias sociales, económicas y políticas.

Están desapareciendo los bosques; muchas especies están en peligro de extinción; se están secando los ríos; la desertificación avanza a pasos agigantados; escasea el agua potable; los glaciares han mermado; los mares se calientan, lo que conlleva a la proliferación de grandes tormentas; pedazos del Ártico y de la Antártida se han desprendido para desintegrarse en aguas más cálidas. La temperatura de nuestro planeta Tierra aumenta cada año, provocando sequías, escasez de alimentos y pobreza.

Sé que entre todos saldremos adelante.

Pero, me preocupa saber que la humanidad enfrenta su propia historia oscura, vanagloriándose de lo que logra con sus invenciones y grandes revoluciones tecnológicas. Y ya tarde concluye que la masiva producción industrial, la tecnología y los derroches materiales, conllevaron a la calamidad global de hoy.

Y el hombre siempre ha estado ahí. Siempre lo va a estar, pues gusta, a pesar de su gran inteligencia y capacidad para resolver problemas, asumir desafíos sin intimidarse por los riesgos para ponerse en las últimas fronteras del desarrollo. Sea ello carrera espacial, descubrimiento de vacunas, maquinarias deslumbrantes. Todo nace en los geniales laboratorios de medicina, química, física y biología. Lo trágico: con las nuevas tecnologías de la información nos exponemos a torres de transmisión que emiten radiaciones dañinas. ¿El desarrollo implica ocultas contaminaciones?

De ninguna manera estoy en contra de las invenciones, la ciencia o lo avances tecnológicos. Pero sí quiero llamar la atención al descuidado aspecto ético del desarrollo.  

En genética, ya se juega a ser Dios cuando se plantea la posibilidad de manipular los genes para el perfeccionamiento de mejores capacidades para enfrentar ciertas enfermedades que hemos heredado en nuestro ADN; o la creación de células madres que podrían contribuir a la cura de largas  enfermedades y padecimientos, por mucho tiempo incurables.

Los descubrimientos e invenciones de la ciencia y la tecnología son pasmosos. Hoy el hombre vive más; está más educado para enfrentar desafíos; es más sano; construye mejor; ve y busca más allá de los límites de la vista y el espacio; interioriza en las células, las partículas subatómicas; ha descubierto más metales, gases; creado artilugios inteligentes, digitales, globales; se desplaza con mayor velocidad en el tiempo y el espacio; puede predecir ciertas amenazas usando los satélites; y enfrentar las epidemias con la escudriñada configuración del genoma humano. Logros interminables. ¡Enhorabuena!

¡Pero cuánto se sale de sus manos!

En suma, “El hombre es un dios con prótesis”, como sentenciara Sigmund Freud.

Después, cada portentoso invento y descubrimiento se torna globo-destructivo. ¿El hombre crea sus propios infiernos o sus Frankensteins?

¡Y todavía siguen existiendo la opresión, la pobreza material, la infelicidad humana, la injusticia, la guerra!

¿Y por lo anterior debemos culpar a los científicos sociales que solo discuten ideas, sin impacto alguno, sin que mermen intolerancia, egoísmo y mezquindades?

Todos debemos remediar los males para heredar el bien.

Lo deplorable: a medida que la humanidad progresa, abandona su bonhomía, pues mezquinamente contamina, aterroriza, pelea, dicta, y comete atropellos e injusticias.

¿Por qué preferimos vivir más cerca de los excesos conducentes al exterminio de las especies vivas, como en el poema premonitorio de Joaquín Pasos: “Canto de Guerra de las cosas”?

Si los países industrializados son autores y cómplices de la destrucción ambiental, ¿cómo podremos saber cuánta certeza se tiene acerca del peligro potencial o real de un mal si lleva tiempo predecirlo?

Si cada civilización es destructiva, las culturas autóctonas del tercer mundo —siempre vistas con desdén— son benignas e inocuas. ¿O no están en capacidad de causar estragos mayores al planeta?

¿Debemos redefinir los conceptos de desarrollo, cultura y civilización porque nada se rige bajo leyes consistentes, y se cae bajo la teoría de la incertidumbre de Werner Heisenberg?

Si el hombre aspira a la inmortalidad, ¿por qué se apresta, fácilmente, a ser especie en peligro de extinción?

¿Cualquier tipo de desarrollo será siempre una amenaza al ambiente?

Si en un tiempo las chimeneas erizaban orgullosamente el paisaje urbano, ¿qué más contaminará a nuestro maravilloso planeta, luego de los últimos inventos vertiginosos?

 

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