Jorge Eduardo Arellano
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Desde mayo de 2015 fui invitado, como historiador y secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua (AGHN), para asistir y participar en el Seminario “Génesis y desarrollo de la ciudad iberoamericana”, a celebrarse en San Salvador del 24 al 28 de noviembre del año en curso. Bajo la coordinación académica del doctor en arqueología William K. Fowler, tuvo de organizadores a la Academia Salvadoreña de la Historia, a la Universidad Tecnológica de El Salvador y a la Red Iberoamericana de Investigación del Urbanismo Colonial (Riluc).

Tres días permanecí en San Salvador, del 23 al 26 de noviembre, compartiendo experiencias y conocimientos sobre la materia, además de representar a Nicaragua en esa prestigiosa e importante convocatoria internacional. A mí me correspondió desarrollar una síntesis histórica de León Viejo (1524-1610): una de las primeras urbes hispanas de la América Central. En efecto, leí y comenté --auxiliado de la proyección del dibujo de León Viejo elaborado en 1528 por Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés-- dicha síntesis, refiriendo hechos notables, etapas constructivas, población española e indígena, así como las causas de su abandono y traslado al asentamiento actual de León. Mi ponencia impresionó a colegas y oyentes que desconocían el valor arqueológico de las ruinas de León Viejo. Fowler encabezó las felicitaciones correspondientes.

Al evento también se hicieron presentes investigadores de Estados Unidos (el doctor Fowler, Jeb. J. Card y Laura E. Matthew), España (Fernando Vela Cossío), Argentina (Luis María Calvo, Gabriel Cocco y Jorge Ricardo Ponte), Perú (Jorge Pável Elías), Panamá (Mirna Linero Baroni), Costa Rica (Eugenia Ibarra Rojas) y El Salvador (Pedro A. Escalante Arce, Marlon V. Escamilla, Hugo Díaz Chávez, David Calogero, José Heriberto Erquicia Cruz y Rafael Tobar). Los cuscatlecos y norteamericanos se concentraron en la villa de San Salvador, o Ciudad Vieja (1528-1545). Ibarra Roja, la etnohistoriadora costarricense, envió saludos a Jaime Íncer barquero y Eddy Kühl, además de obsequiarme tres de sus obras: Del arco y la flecha a las armas de fuego / Los indios mosquitos y la historia centroamericana: 1633-1786 (2011), Pueblos que capturan / Esclavitud indígena al sur de América Central del siglo XVI al XIX (2012) y Entre el dominio y la resistencia / Los pueblos indígenas del Pacífico de Nicaragua y Nicoya en el siglo XVI (2014).

Por otro lado, constaté una vez más el liderazgo ejemplar que ejerce mi viejo amigo el fecundo historiador Pedro A. Escalante Arce como director de la Academia Salvadoreña de la Historia, cuya fundación se remonta a 1922. Ese año, tras ser nombrados catorce intelectuales salvadoreños miembros correspondientes de la Real Academia de la Historia, de Madrid, se dio la primera organización de esta Academia hermana, nacida doce años antes que la nicaragüense. Pero no fue sino hasta 1925 que se oficializó con una sesión fundacional el 30 de enero de ese año. 

Volviendo a Escalante Arce, es un hecho indiscutible que él representa la conciencia histórica de El Salvador desde hace más de 40 años. Pedro fue el primero en señalar el sitio exacto de las ruinas de Ciudad Vieja y el principal promotor de su hallazgo e investigación arqueológica. A él también se le deben obras fundamentales para la historia de su país, entre otras: Código Sonsonate / Crónicas Hispánicas (1992): dos consistentes tomos en los que se rescata y recrean, a partir de documentación inédita, múltiples temas interesantes: Los tlaxcaltecas en Centroamérica (2001), investigación reveladora de la presencia guerrera de esa etnia durante el siglo XVI en Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua, donde pelearon al lado de la corona española contra la rebelión de los Contreras; y Crónicas de Cuzcatlán-Nequepio y del Mar del Sur (2014).

He ahí su más reciente aporte a la historiografía salvadoreña, centrada primero en la temprana que se dio entre San Salvador y Nicaragua y luego en las incursiones de los bucaneros europeos del siglo XVII, tarea solo comparable a la emprendida por Jaime Incer en nuestro país. Un aporte prolijo expuesto en prosa eficaz y transparente, como su autor. 

En resumen, agradezco y felicito a los organizadores del Seminario sobre las distintas ciudades hispanoamericanas de la época colonial: Guatemala, León Viejo y Ciudad Vieja en la América Central; y Santa Fe de Mendoza en Argentina. Mi presencia fue corta, pero suficiente para apreciar la calidad científica del evento y reconocer la cordialidad con que los invitados extranjeros fuimos atendidos.  

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