Lesli Nicaragua
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Cuenta que al abrir los ojos, de la oscura profundidad de lodo en que se había sumergido toda su vida, renacieron virutas de sol, primero amarradas como tiras de plástico a sus párpados, luego más transparentes como colirio, hasta recobrar una plenitud de fineza y definición que solo esta nueva luz podía superponer en todo lo que ahora miraba.

Atrás habían quedado las circunstancias que lo condicionaron a la mediocridad de los sinsentidos, al desvarío de los viajes sintéticos y al más grande desamor por las personas. El gran por qué al fin tenía una respuesta: porque esta corporeidad, tan mortal, tan carnal, había llegado a su fin. 

Es como un gran lienzo --lleno hasta el borde de imágenes-- que te cae sin esperarlo, y ahora lo podés ver todo, como si la puerta de la percepción fue abierta y mirás los enveses de las cosas, de todas. Una sucesión de actos, algunos inenarrables, otros simplemente increíbles que hayas sido capaz de cometerlos. Y al fondo, la voz del cielo: “He aquí tu por qué”. Pero esta voz no es audible, es uno mismo el que, como eco, la repite.

Entonces querés volver a encontrar al hombre que llegó a tu casa y te preguntó: “¿Le puedo hablar de Jesús?” Y vos dijiste: No tengo tiempo… y por dentro pensaste: no mato, no robo, soy bueno con mis padres, familia y amigos, trabajo, no ultrajo, doy limosna, ayudo al pobre, amo a mis hijos... Pero ahora sabés que eso no sirve de nada, de absolutamente nada. Es solo orgullo pensar así –tal vez la peor de las afrentas a Dios.

Y ves el borde del lienzo. La vez que hablaste mal de las mejores amigas de tu esposa para contender. Cuando la engañaste, le alzaste la voz, la mano… y un poco más atrás, el día que le juraste lealtad a ella –más eco. Y luego te volviste alcohólico y no sabías ni por qué. Y tu ética y tu profesionalismo quedaron degradados cuando comenzaste a pisar la raya del fin, y quien pisa raya, pisa medalla. 

Y abriste las puertas a más: chantajes, intereses, malos negocios y toda la colilla que pensabas no era malo, sino tradicional: malas palabras, impurezas, codicia, idolatría. Y aun más: tu intelectualismo, filosofía, agnoticismo, ateísmo y blasfemia. Como Nietzche, bramaste: “¡Dios no existe!” y comenzaste a leer las “Lecciones de Belzebú”… 

Fue cuando todo explotó. Y el tiempo comenzó a medirse desde ese momento exacto, ya no desde tu nacimiento natural. Saliste catapultado hacia la cima de la ciénaga. Y todos pensaron, morirá. Y vos lo pensaste. Y lo decidiste. Pero no sabías que no eras y nunca fuiste el dueño de tu vida. E hiciste lo impensable: doblaste rodillas y pediste perdón, la primera vez que lo hacías de verdad, porque solo en el dolor perduramos y somos sinceros. Y comprendiste que solo el hombre es capaz de destruir lo que ama. Y que Dios, el único capaz de restaurar aquello que había sido destruido.   

Fue cuando, del estanque de Siloé, te untó colirio y pudiste ver. Porque el hombre natural no podía mirar y hacía lo que no quería. Y su mano te guió a la respuesta del porqué: “Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí”. Y luego: “Lo que Dios limpió, tú no lo llames inmundo”. Porque sabías que el mundo te vería ahora sin creerte y tus palabras como estiércol apestarían. Pero te convenció de que te había perdonado. Y te dijo, solo deciles que se acuerden de sus fallas, que ya se las perdoné setenta veces siete –es decir, infinito-, y contales lo que hice por vos, por si también deciden perdonar. 

(Fragmento adaptado de mi libro testimonial Lo que Dios limpió)   

Periodista y escritor

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