•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Imaginen que, en la escuela, el profesor escribe sobre la pizarra los ejercicios para la próxima clase. Al terminar de expresar los enunciados, añade que, si alguno de los alumnos no lleva hecho los deberes al día siguiente, se negociará otra fecha para su entrega. También dice que aquellos que van más retrasados en la asignatura seguramente no podrán hacerlos, así que les exime del cumplimiento de la tarea. Absurdo, ¿verdad?

De ser esas las premisas con las que el profesor indica el trabajo a realizar en casa, al día siguiente nadie habrá hecho los deberes. Los menos avezados de la clase, porque les dijo que iba a ser imposible que los realizaran con éxito. Los demás, porque entendieron que no era prioritaria su realización, ya que se manifestaba desde el principio una clara laxitud en la fecha de entrega.

Donde estaba el profesor, pongan a la Organización de las Naciones Unidas. Donde estaban los alumnos, pongan a los 195 países que han participado en la Cumbre del Clima en París. En el lugar de los menos avanzados en la asignatura, que es la del calentamiento global, pongan precisamente a los países más contaminantes. Y en el lugar de los deberes, pongan los compromisos de los que se les exime a estos últimos, y que se impone al resto sin marcar fechas concretas.

Reducido a la caricatura de los deberes y las aulas, eso es lo que ha sucedido en París en estas dos últimas semanas. Y eso es lo que ocurrió en Durban, y en Doha, y en Copenhague, y en Buenos Aires, y en Marrakech y, por supuesto en Kyoto.

Los acuerdos de París son precisos en cuanto a la necesidad de rebajar la temperatura media del planeta y en cuanto a la prioridad de reducir las emisiones de gases contaminantes, pero sin plazos. Como si se tratara de un paciente al que el doctor insiste en que reduzca la ingesta de grasas y el consumo de tabaco para mejorar su salud respiratoria y optimizar su índice de masa corporal y sus niveles de colesterol. Sabe que tiene que hacerlo, pero no pone en el empeño, y un día le sorprende el infarto que arrasa con sus buenas intenciones. Y con su propia vida. 

Las arterias de la Tierra se están colapsando de residuos. Los malos humos modifican el comportamiento de sus estructuras: las cosechas se adelantan o se atrasan, los fenómenos meteorológicos se intensifican por exceso y por defecto hasta la devastación, suben los niveles de los océanos mientras se secan lagos y mares interiores… y todo en poco más de 250 años de revolución industrial, en los que el hombre ha conseguido comprometer la viabilidad ambiental de un planeta que se formó hace 4,500 millones de años.

En París se ha hablado de líneas rojas para mantener azul la Tierra, verdes sus reservas de vida. Se han marcado los límites que no deben traspasarse, expresados en décimas de temperatura, como se expresa la fiebre, claro indicio de la enfermedad. El problema es que el planeta ya está enfermo. 

La clave está, por tanto, en que los países implicados en salvar el planeta azul estén dispuestos a marcar las tópicas líneas rojas infranqueables aunque ello suponga que el mañana de las generaciones a las que legaremos la Tierra tenga un verde más intenso en los bosques y en las praderas, pero un verde menos brillante en las cuentas corrientes. Menos billetes. Más limpio el aire. Y que estén dispuestos, hablando de colores, a que los acuerdos sean algo más que un compromiso negro sobre blanco, con miles de matices de gris en su cumplimiento.

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus