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El triunfo de la oposición en las elecciones parlamentarias últimas en Venezuela propicia verdaderas posibilidades políticas y deja muchas lecciones para todos. 

Se ha demostrado que la voluntad popular se respeta, que los que contaron los votos fueron “honestos” y que todos están conscientes que los problemas internos se  resuelven cívicamente.

Cuando se piensa solo en el partido, menos compatriotas nos seguirán.   

La democracia promueve la primacía del interés nacional sobre el partidario. 

Ya existen mejores oportunidades para que se juegue bien la partida política; que se actúe de acuerdo a la ley; y que el consenso sirva para que todos por igual hagan prevalecer el interés nacional ―un interés― que pocas veces prevalece por el fanatismo partidario o el sentimiento revanchista.

Para la oposición fue una victoria contundente. Pudieron  convencer a un electorado (¿o se decepcionaron?) que había vivido durante 16 años amamantándose de luengos discursos, dádivas generosas, regalías populistas y lisonjas repetidas como letanías ortodoxas.  

¿Sirve de algo andar repartiendo dádivas, si el agradecimiento se olvida al votar? 

Para el oficialismo, es una oportunidad para enmendar sus errores, aprender a ser más tolerantes y respetuosos; y darse cuenta que no son dueños de la razón, mucho menos del poder. Y lo más importante, en política el que no se modera pierde gradualmente todo: respeto, simpatías, seguidores y poder político.

Desde que Hugo Chávez llegó al poder, surgieron muchas promesas de recomposición y ajustes éticos al juego político venezolano. Algunas cosas se cumplieron; otras quedaron en el aire, atoradas entre el discurso y la emoción exuberante de los que veían a miles de ciudadanos seguirles, —¡creyendo ingenuamente que lo hacían por simpatías al liderazgo!—

Si a los políticos se les ve como engañosos y falsos, ¿qué se puede esperar de sus seguidores exaltados?

La realidad fría es la que estremece los cimientos de todo populismo político u obnubilación fanática.

Antes los chavistas (¿ahora maduristas?) copaban todos los poderes del Estado; hoy ya no controlan la Asamblea Nacional. Y aunque el pos-chavismo ha jugado con todos los recursos legales y bajos contra los opositores ―a veces vacilantes e  ingenuos― ha utilizado esos medios más para la coacción, la coerción y el chantaje. Todo lo ha tenido a su favor. Por esa razón es que hoy van a menos. ¿No debieron estar más consolidados? 

El poder total tiende más a corromper las habilidades y el juicio propios. Enceguece. Cuando los poseedores del poder total se sienten amados, no disciernen quién esconde un odio arropado o una hipocresía pancista. 

La política es un juego de negociación; no de imposiciones ni fuerza. La política es un juego de reglas claras y parejas, no de trucos y cambio de reglas. La política es el juego de transar: dar y ceder para ganar para sí. Y el que no sabe dar porque cree que todo lo tiene a su favor, es un arrogante que termina convirtiéndose en dictador. Se degenera. El que actúa así no es siquiera político; es un embustero.

Una sociedad próspera no sobrevive si todos se enfrentan, nadie tolera al otro; o el que tiene el poder asume que es invencible. 

El poder total puede ser como la kriptonita; puede matar al que se cree Superman. 

La política es una ciencia que trata sobre la manera en que el poder está distribuido en instituciones regidas por la legalidad y la legitimidad, en un medio cívico y de impulso ciudadano. La democracia hace un trabajo complementario: encontrar las herramientas para que esa distribución sea justa y equitativa.

Así, un buen político no es el que acumula más poder. Sino el que sabe usarlo para beneficiar a un número mayor de personas. Pero el asunto ideológico-partidario le impide ir más allá de los que le siguen. 

Una vez conseguido el poder, es poco inteligente beneficiar solo a los que comparten igual credo. 

Los opositores venezolanos deberían percatarse que si no cumplen lo que han prometido, a ellos les cobrarán facturas. Y, a pesar del espacio ganado, los poderes fácticos ―el Ejecutivo, la Corte Suprema, el ejército, los ciudadanos agradecidos por las dádivas del chavismo, y los asesores cubanos― son fuerzas graníticas nada fáciles de vencer. 

El político debe saber que le conviene muchísimo hacer alianzas porque nada es fácil ni justo.   

Venezuela hoy tiene una gran oportunidad para enrumbarse. Si vuelven los enfrentamientos sangrientos, las filas interminables para comprar productos básicos, y nadie tolera al que piensa diferente, seguirá la aniquilación del recurso político. Morirá la esperanza. 

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