Juan Alberto Henríquez Oporta
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Álvaro Urtecho es un poeta consagrado, un erudito que nos enseñó. Un amigo que hace falta  en las tertulias, llamadas telefónicas o en el disfrute  de  las  sopas  y los  tragos.  

Sus  familiares  lo mandaron  a  estudiar filosofía  a España y escogió  la  universidad  que generaba los poetas, los escritores y maestros que  abarcaban el marxismo, la teoría de la  dependencia, el maoísmo y su  respuesta en  Chile, el trotskismo y su entrismo. Y no se  matriculó con  nadie. Fue un poeta  con ideas  y  sin medios.

En los años 1980, en pleno auge revolucionario en Nicaragua, se acercó a un grupo de intelectuales de izquierda: Byron González, Julián González Suárez, Xiomara Centeno, Alberto Pérez, Sergio Espinoza, Xiomara Chamorro, Juan Alberto Henríquez y otros. Nuestras ideas eran de conciliación con los revolucionarios que tenían una concepción de la cultura sin patrones, sin aumentar el capital sobre el trabajo, sin disminuir el papel del Estado y por eso concebimos  un programa radial llamado “El Árbol de la Tormenta”.

Nos distribuimos responsabilidades literarias, artes plásticas, política y otros  tópicos. Fue toda una polémica la elaboración del perfil del programa de una hora  los domingos; yo estuve en la dirección por el MAP, sin decirlo.

El poeta nos ilustraba con su estadía en España, las discusiones con los nicaragüenses y sus recuerdos de la universidad con Carlos Cuadra Cuadra, sus argumentos elogiosos para el compañero de estudios y sus jarras de vino, decía.  

Álvaro Urtecho fue amigo muy entrañable, gozaba con nosotros sus coterráneos de Belén, Rivas, y por el sentido de solidaridad con los pobres, pero no aceptó la  lucha de clases por ser “sinónimo de guerra”. Pensaba en la posibilidad de un entendimiento de todos los seres humanos, sin descuidar a los pobres.  

Fue tan grande, que no le gustaba la referencia a su abolengo y decía que eso era “puro tuvo”, pues  todos eran venidos  a  menos. Los poetas  comentaban en rueda su etapa de la clandestinidad literaria, es decir, sus buenas acciones sin recompensa leyendo y corrigiendo discursos de un mandamás de Nicaragua, haciendo la mejor Revista Literaria de este país sin figurar para nada, prologando  libros, aunque adversando el poder por antonomasia.

Álvaro siempre pensó en su enemigo y decía: “no veo para atrás, pues no los quiero ver caer”. Siempre mantuvo su protesta ante el mundo  enajenado, ajeno, ruidoso y ruin. Un verdadero baluarte que se erguía a pesar de sus limitaciones, su tiempo y amistades. Era ebrio  permanente  del conocimiento, un metafísico  y  buscador del azul celeste. Decía que si Dios existiera, que fuera como el dolor, que nos hace grandes.  

Y repetía los versos de  Darío en  Lo Fatal: “Pues no hay dolor más grande que la vida  consciente”… El poeta Álvaro Urtecho conoció el dolor y le hastiaba la soledad en medio de la muchedumbre. Ese fue uno de sus grandes dolores y su canto metafísico. Un poeta hecho para la serenidad, el silencio, la seriedad y la pulcritud. Hoy solo retazos de su vida relatamos, no la extensión de su dimensión interior, su elocuencia de la existencia humana. Es una “roca virgen” que Dios la ama, parodiando uno de sus propios versos.  

* Periodista.

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