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Existe una carta escrita por una anciana titulada “El día que me volví invisible”. Pero al reconocer en nosotros los ejecutores y culpables de esa acción y verbo, es obligatoria la corrección tal y como hemos titulado este artículo. En ella se lee “Primero me cambiaron de cuarto, pues la familia creció. Después me pasaron a uno más pequeño aún, acompañada de una de mis bisnietas. Ahora… ocupo el que está en el patio de atrás…” Continúa: “La otra tarde caí en la cuenta de que también mi voz ha desaparecido. Cuando les hablo a mis nietos o a mis hijos, no me contestan. Todos conversan sin mirarme, como si yo no estuviera con ellos… A veces intervengo en la conversación, seguro de que lo que voy a decirles no se les ha ocurrido a ninguno y que les va a servir de mucho mis consejos, pero no me oyen, no me miran, no me responden”.

Se dice que entre la niñez y la ancianidad existe similitud; una similitud entre el inicio y el final de la vida, y es que tanto el uno como el otro gustan del afecto, cariño, amor y de la búsqueda de ser notados. Ser acogidos y tenidos como importantes en la familia. Porque para ellos la familia, como base es insustituible.

No ha sido el acto voluntario de convertirse en algo, es el acto humillante donde se les trata, o mejor dicho se les deja de tratar, para ser los ausente; anulados por “su falta de utilidad”o beneficio material posible en la tercera edad. Más grave cuando entran en la etapa en que las limitantes musculares les impiden los movimientos y fuerzas suficientes para un autoservicio, pasan a ser personajes estorbos y atrasos.

En un asilo de anciano, no es extraño encontrar muchos casos de personas que no provienen del municipio, ni del departamento, que proceden de lugares distintos y muy distantes. Al investigar la razón y lógica que aplican los familiares, la respuesta es tan triste; “es la manera que el familiar garantiza que no regresarán a casa, pues si los dejan en un asilo cercano, temen que pueda encontrar el camino de regreso a casa”. Un ejemplo es el asilo San Pedro Claver, carretera a Masaya, antes de El Raizón, con ancianos de la Costa Caribe y Chinandega. Ahí parte del origen de la tristeza que percibe el visitante, es “tristeza de ausencias”.

Cuando reciben visita de familia, los pocos que logran recibirlas,ellos preguntan cuándo se los llevarán, cuando regresarán a casa; las respuestas;que no alcanza en casa, que luego regresaran por ellos, y el caso más indulgente; que alistan condiciones en la casa para llevárselos. Pero esa indulgencia tarda años, los pocos que les quedan, y uno de esos días mueren. El asilo les entierra. En muchos casos, el dato real es que el familiar una vez que ha dejado al anciano no regresa nunca.

Mandan mensajes a sus familias, dan direcciones, para que los lleguen a traer o visitarlos. El visitante, la verdadera familia adoptiva, sabe que no existirá respuesta.

De manera que el asilo surge y existe como esa alternativa a la falta de afecto, misericordia, cariño, valores y agradecimiento de los hijos para con esos seres que les dieron la vida. 

Mientras los hijos iban creciendo, les apoyaron, aplaudieron, mimaron sus avances con ansiedad. Entonces los padres se admiraban de verles crecer. Pero estando crecidos; disminuidas las virtudes y facultades, desgastados; cuando no dan más aporte económico y cuando correspondería a los hijos el turno de resarcir a sus padres en sus constantes olvidos, torpeza frecuente y sus males de salud. Les descartan y les remiten al asilo.

Estimado lector en un asilo de ancianos los dolores no se miden ni se sienten en el cuerpo, sino en la soledad, en la ausencia del regazo familiar.

¿Qué es un anciano en el asilo? Un ser a quien el patrimonio no le importa más; que no está apegado más a los bienes, que solo espera la llegada de la muerte. Y esa muerte es el visitante inesperado y esperado, que pese a los medicamentos, un día llega y así, como están quedan.

La misericordia con la que cuenta el personal del Asilo San Pedro Claver, es el verbo ausente en muchos familiares.

¡Por Dios! ¡Que te cuesta ingrato visitarles y tener la delicadeza, el detalle, de pasar tu mano en el rostro de tus ancianos padres!

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