Eduardo Duque Estrada Ortiz
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A doña Nelly Blandón Velásquez (1921-2015)

Según el libro de Génesis, “en el principio Dios creó el cielo y la tierra; y la tierra estaba deforme y vacía, y la oscuridad estaba sobre la faz del abismo”. Bastante acertado, diría yo, para un libro escrito hace unos tres mil quinientos años. Pero, según la ciencia moderna, el principio fue mucho tiempo antes de que Dios creara el cielo y la tierra, hace unos 13.7 billones de años. Al principio, de acuerdo con Hawking, solo existía un punto infinitamente denso conocido como singularidad, una fuerza gravitacional que al volverse infinita subió su temperatura sin límites hasta explotar.

Según descubrió el astrónomo americano Edwing Hubble, ese evento impulsó la expansión del universo a razón de un millón de trillones de trillones en un segundo, y será la misma gravedad la que eventualmente haga que este se contraiga. Tal explosión generó nubes de gas, rocas y polvo y con el tiempo esa fuerza gravitacional propició que estos elementos empezaran a girar en un entorno, creándose las galaxias.

Hacia 4.6 billones de años antes, una estrella cercana a nuestra galaxia se transformó en supernova y explotó generando una onda que impulsó la rotación, gravedad e inercia que originó nuestro sistema solar. Por esta fecha, la tierra, formada por acreción, estaba “deforme y vacía” como apunta el Génesis, hasta ser impactada por un meteorito gigante que no solo desprendió un pedazo que se transformó en la luna, sino que también envió la Tierra a su órbita actual, a 149.6 millones de kilómetros del Sol, viajando alrededor del mismo 940 millones de kilómetros cada año.

Este “golpe de suerte” dejó a la Tierra a la distancia precisa para que se dieran las condiciones que permitieran, eventualmente, el origen de la vida.

Inicialmente la Tierra era lava y gases, los cuales no contenían oxígeno, pero al enfriarse se crearon las capas continentales (no exactamente como están ahora) y los océanos. La vida, definida como un “sistema químico autosostenible, capaz de evolución Darwiniana” tuvo sus inicios espontáneamente hace 3.7 billones de años, al impactar grandes descargas eléctricas a las combinaciones de cianuro de potasio, acetileno y metanal existentes en la tierra, generando pequeñas moléculas o nucleótidos, la base del ADN.

Con la oxigenación de la atmosfera y la subsecuente aparición de la capa de ozono, la vida en tierra firme apareció, pero no fue sino hasta hace 85 millones de años que los primeros primates evolucionaron de otros mamíferos. Se teoriza que entre 8 y 4 millones de años antes, la rama humana se separó de los simios. Los Homos tuvieron diferentes especies y todas se extinguieron, pero el Homo Heidelbergensis (pues sus fósiles se descubrieron en Heidelberg, Alemania) que data de hace 300 mil años, es considerado por muchos como el ancestro del Homo Sapiens, el humano moderno que se estima apareció unos 200 mil años antes.

Según el Population Reference Bureau, han vivido unos 107.6 billones de seres humanos, ancestros de los 7 billones que habitamos el planeta hoy. Muchas son las teorías e hipótesis científicas que tratan de explicar cómo los humanos llegamos aquí, después de infinidad de eventos y casualidades, cada una en el momento preciso por diseño o probabilidad. Es realmente extraordinario todo lo que ha sucedido para que la vida exista, sin estar seguros para qué.

Hawking escribió que “toda la historia de las ciencias ha sido una realización gradual de que los eventos no suceden de una manera arbitraria, sino que reflejan un cierto orden subyacente, que puede o no ser divinamente inspirado”. Sea como sea, estar aquí es la mayor de las improbabilidades y nuestro futuro es en sí incierto. Einstein pensaba que los científicos eventualmente debían convencerse que nos guía “un espíritu que se manifiesta en las leyes del universo, uno que es ampliamente superior al hombre”.

Desconocemos nuestro mañana como individuos y como especie, incertidumbre que inspiró a Paul Auster a exclamar: “El mundo es muy impredecible. Las cosas pasan de repente, inesperadamente. Queremos creer que estamos en control de nuestra propia existencia. De alguna forma lo estamos, de otra no. Estamos gobernados por las fuerzas del azar y la coincidencia”.

Lo único que es absolutamente cierto es la muerte, pero la muerte física, porque nuestros 20 watts de energía no se pueden destruir, solo transformar, eternamente…

Panamá, diciembre 2015

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