Erick Aguirre Aragón
  •   Managua, Nicaragua  |
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Dedicado a su hermano mayor, Roberto Arellano Sandino (1938-2014), el polígrafo nicaragüense Jorge Eduardo Arellano ha publicado lo que parece ser el primer volumen de una saga autobiográfica, bajo el título Memorial de los 60. 

Digo que podría ser el inicio de una saga, no solo por la delimitación de un periodo sugerida desde el título, sino también por la declarada “ancianidad menor” de su autor (que ojalá le permita autobiografiar etapas posteriores), así como por lo que él mismo también declara en su introductoria Nota impostergable: que no ha fijado en este libro todo el desarrollo de su sexagenaria existencia, sino solo una gran parte, especialmente lo concerniente a su juventud.

Arellano afirma aspirar, más que a presuponerse personaje histórico de un país “pequeño y pobre”, a dar testimonio de los seres humanos que conoció y admiró en ese trayecto de su vida, y de la época que le tocó vivir. 

Sin embargo, en las evocaciones familiares de los primeros capítulos se producen saltos temporales a un pasado más remoto, en los que sobresalen las figuras que lo preceden en su árbol genealógico. Figuras que, bien se ve en dichos capítulos, marcaron su derrotero intelectual y humano. 

Prolija en minuciosos detalles y recuerdos insólitamente preservados por la memoria, probablemente auxiliada por apuntes, anotaciones o diarios personales que, según confesión del autobiógrafo, él mismo se autoimpuso como disciplinada rutina diaria desde una edad temprana; esta autobiografía de Arellano podría constituirse, estructuralmente, en patrón o modelo para futuros ejercitantes del género en Nicaragua.

Es ineludible sin embargo observar que, tanto por quien la escribe como por su contexto, el tema de la verdad y los límites del género saltan al tapete. Según los estudiosos del género, una de las dificultades con que se enfrenta el autobiógrafo al momento de escribir su relato es el problema del “sujeto que se vuelve objeto”, el emprendimiento de una actividad hermenéutica con uno mismo. 

La angustia de la página en blanco, tan común en la mayoría de los escritores, sobre todo de ficción, se vuelve para el autobiógrafo angustia ontológica: no puede expresarse porque no puede decirse a sí mismo, y porque ¿quién puede conocer más ese objeto de estudio que el escritor mismo? 

En Memorial de los 60, al menos desde mi perspectiva, Arellano no sufre ninguna de las dos angustias. Tiene suficiente autoridad testimonial como histórico-bibliográfica, además de un peculiar carácter, como para no sufrirlas.

Hay quienes dicen que el intelectual es un individuo dotado de la facultad de representar, encarnar y articular un mensaje, una visión, una actitud u opinión en favor de la comunidad. Si seguimos tal decir convendríamos, en el caso de este Memorial de los 60, que la tarea del escritor de memorias sería mostrar cómo esa comunidad no es un ente abstracto, sino una realidad constatable. 

Y es que, a medio camino entre la narración histórica y la literatura, la autobiografía, el testimonio o la memoria, no solo funcionan sujetos a los límites fijados al arte literario, sino también a los de la historiografía. El límite de esta es el de la verdad o la fidelidad a los hechos, pero la llamada verdad histórica constituye también una idea compleja y una meta elusiva.

La transgresión de lo que algunos insisten en preservar como verdad histórica no significa necesariamente negar o falsear premeditadamente la Historia, sino más bien lo que en el fondo apreciamos de este libro: la elección de una perspectiva subjetiva, personal, si se quiere condicionada ideológica o culturalmente, sobre los acontecimientos de su vida familiar e intelectual; es decir: una legítima interpretación.

A la luz de su autobiografía, y asumidas por él como “proyectos de infinito”, resulta obvio que para Arellano la Historia y la Literatura constituyen un mismo destino; son proyectos asumidos de por vida: búsqueda de inmortalidad, trascendencia de la propia, limitada humanidad.

Si, como dice el mexicano Carlos Fuentes, los mesoamericanos vivimos rodeados de mundos perdidos e historias desaparecidas que necesariamente son recreadas por los escritores, entonces los nicaragüenses debemos agradecer a Jorge Eduardo Arellano haber sido uno de los primeros en asumir la responsabilidad de rescatarlas del olvido.

* Escritor y periodista

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