Lesli Nicaragua
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Esta época tiene una rareza doble. Se celebra el cumpleaños de un niño que nació en la más pura miseria hace dos mil años, con un sobredimensionado alboroto de lujos ilógicos: abetos que ya no existen, nieve en un país tan tropical que basta poner un huevo a mediodía en un capó para comerlo benedictino, un sinfín de muérdagos que ni sabemos cómo son, y luces tan estridentes que dejarían ciego al pobre infante que acabó de nacer ante el estupor de los pastores y los animales que velaron por él esa noche.

Y para colmo de males, se celebra con la inclusión de un tipo nórdico llamado Nicolás cuya barriga bien podría ser producto de una vida ingiriendo alcoholes fuertes con carne de ciervos, como se acostumbra en esos hielos del norte europeo. El  mismo tipo que en la cultura gringa e inglesa le llaman Santa Claus y otros más latinos le conocen como Papá Noel, y quien es, ni más ni menos, el culpable de que nuestras economías personales colapsen este mes, asfixiados por el compromiso social más que la devoción cristiana verdadera.

Atrás, muy atrás, ha quedado Dios. ¿Se acuerdan de Él? Se supone que es el mismo niño por el que hay tanta celebración. El que decidió nacer en ese lugar –en el que por cierto no había bueyes– para demostrar que la humildad es la verdadera razón de esta época. El rey de todos los reyes, el Dios de todos los dioses, el dueño del oro y la plata, de los dones y los bienes, naciendo entre bosta de ovejas y carneros. ¿Se ve algún contraste?

En mi infancia, allá a inicio de los ochenta, no existía, como hoy, la altiva necesidad de demostrar un poco de compasión fingida o de fraternidad familiar inducida por esos “jingles” navideños de pura estirpe inglesa, ¡tan ligadas a nuestra cultura! Luego de comer una gallina de carne fuerte, recibía como obsequio un traca-traca, lo que más había querido, aunque me inflamara la mano de tanto equivocarme o unos zapatos chinos –muy útiles–. Después llevaba un plato con gallina a la vecina y me quedaba jugando con mis amigos, que también tenían el mismo objeto, que para colmo de bienes, nos lo habían regalado nuestras madres, rollizas, morenas y bajas, puro fenotipo centroamericano.

En estas navidades, con la euforia de los comerciales y la incandescencia de las promociones, mi hijo mayor me ha pedido una ‘tablet’ con tantas especificaciones que me da temor comprársela, y mi hija menor desea una muñeca que me dio miedo cuando abrió los ojos y me saludó. Pero les he explicado que si les hago esos regalos es porque se los merecen por todo un año de compromiso infantil, en el que el mayor logro fue que aprendieran a orar –no rezar– cada día para darles las gracias a Dios por cada día.

Porque en nuestro mundo cultural tan usurpado por la codicia, el paganismo y la idolatría, la Navidad se ha vuelto una fiesta abominable que la celebran los parranderos y los creyentes y donde en lugar de paz  reina el peligro y la violencia, y más aún, no sería descabellado suponer que en realidad se celebra a un nórdico barrigón que al propio Dios. Ese que nació humilde. ¿Lo recuerdan?   

Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com

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