Rafael Lucio Gil *
  •   Managua, Nicaragua  |
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  • El Nuevo Diario

La educación superior del país representa la plataforma de mayor impacto en el desarrollo del país. Su historial muestra singulares luchas y reivindicaciones de la comunidad universitaria, por el logro de la autonomía con relación al poder político y al estado. Representa, así mismo, un pilar fundamental de los derechos humanos, el desarrollo sostenible y la paz. 


Está llamada a hacer prevalecer los valores e ideales de una cultura de paz, para transformarse y provocar cambios, atender a las necesidades sociales, fomentar la solidaridad e igualdad; preservar y ejercer el rigor y la originalidad científicos, con espíritu imparcial para lograr alcanzar un nivel indispensable de calidad, colocando a los estudiantes en el primer plano de sus preocupaciones (Conferencia Mundial de la Educación Superior, Unesco, 1998), en la perspectiva de una educación a lo largo de toda la vida (Informe Delors de Unesco, 1996).


Son evidentes los logros que ha venido alcanzando la educación superior en el país a lo largo de varias décadas, al promulgar en su ley fundacional la libertad y autonomía como fuentes de desarrollo del conocimiento y aporte al desarrollo humano del país. Gracias a ello, las universidades del país han venido acaudalando un quehacer que está llamado a generar nuevas formas de pensar,  hacer la educación y el desarrollo.


Su papel fundamental se dirige a infundir en la sociedad entera nuevas ideas y conocimientos, que contribuyan al desarrollo social, cultural y científico. Los pioneros de esta autonomía y libertad de cátedra, dieron testimonios fehacientes de sus luchas para defender, hasta con sus vidas, el honor y la dignidad universitaria. Resulta, también, obvio, que para lograrlo plenamente, la universidad requiere avanzar cada día con más fuerza y valentía, en la mejora de su calidad. 


Aún con esta hermosa historia de luchas por preservar el espíritu y pensamiento críticos, esta última década muestra que tal autonomía y libertad de pensamiento han entrado en profunda decadencia, amenazadas y amedrentadas por el temor, el miedo, el despido y la exclusión. Los ejemplos sobran, son públicos. 


Frente a la necesaria cultura del pensamiento divergente, creativo y crítico, se trata de imponer el pensamiento único, la autocensura, la coopción; en suma, la imposibilidad de dinamizar el pensamiento en la búsqueda de nuevos saberes y de una cultura propiciadora del respeto a la libertad de ideas y su debate respetuoso. 


Es obvio que una universidad sin pensamiento crítico, capaz de problematizar los saberes, las ideas, los métodos, los lineamientos, las costumbres y las modas, las ideas impuestas, etc., no es sostenible, al perder el sentido de su misión y visión, impidiendo un debate científico efectivo. 


Pierde, así la universidad, la posibilidad de brindar un aporte al desarrollo del país sin copiar modelos, a fortalecer la identidad de la nación, superando las ataduras que de viejas y nuevas formas de colonización mental impuestas. Cuando una universidad antepone posiciones partidarias al conocimiento y al debate académicos, ha perdido autonomía y libertad de cátedra, se desnaturaliza a sí misma, perdiendo todo aquello que configura su misión y visión, hasta convertirse en algo diametralmente opuesto.


Cuando se impone la razón de la fuerza, se pierde la oportunidad de que triunfe la fuerza de la razón, del saber, del nuevo conocimiento. Pierde el paíssu mejor legado, para convertirse en un servidor de intereses extraños. Los ejemplos de esta contramarcha sobran, son públicos.


Al respecto, la Cumbre Mundial de la Educación Superior (Unesco, 1998) plantea, con claridad meridiana, la necesidad de conservar y potenciar esta vocación universitaria. Su Artículo 2 insiste en su función ética, autónoma, responsable y prospectiva. Plantea la necesidad de “poder opinar sobre los problemas éticos, culturales, sociales con plena autonomía y responsabilidad; requiere lograr “reforzar sus funciones críticas y progresistas mediante un análisis constante de las tendencias sociales, económicas, culturales, políticas, desempeñando de esa manera funciones de centro de previsión, alerta y prevención”. Así mismo,debe saber “utilizar su capacidad intelectual y prestigio moral para defender y difundir activamente valores universalmente aceptados, la paz y la justicia, la libertad, la igualdad y la solidaridad”. Demanda poder “disfrutar plenamente de su libertad académica y autonomía”, así como “aportar su contribución a la definición y tratamiento de los problemas que afectan al bienestar de las comunidades, las naciones y la sociedad mundial”.


De igual forma, en su Marco de Acción Prioritaria para el cambio y el desarrollo de la Educación Superior, el artículo 17 entre otras cosas, reitera la necesidad de “crear y garantizar las condiciones necesarias para el ejercicio de la libertad académica y la autonomía institucional, para que los establecimientos de la educación superior, así como las personas dedicadas a la educación superior y la investigación, puedan cumplir con sus obligaciones para con la sociedad”. En su segunda parte - Acciones Prioritarias en el plan de los Sistemas y las Instituciones - también plantea “deberán incorporar el concepto de libertad académica…” y más adelante insta a “hacer uso de su autonomía y su gran competencia para contribuir al desarrollo sostenible de la sociedad y a resolver los problemas más importantes…”. 


A todos nos importa que la universidad pueda cumplir con su cometido, el país lo necesita, su identidad y desarrollo también.
 

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