Orlando López-Selva
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  • El Nuevo Diario

Es evidente que la izquierda radical está menguando.

En América Latina, en particular, el socialismo del siglo XXI no crece, ni siquiera se expande. No contagia; no gusta. (Si fracasó en la Unión Soviética, ¿por qué se tendría que asumir que sería exitoso en el subcontinente latinoamericano?)

A pesar de que el nuevo modelo socialista acepta directrices del mercado, todavía sigue creyendo en mitos que no pasan de ser atracos históricos o revueltas enmascaradas de “democracia popular”.

La democracia es un valor sin adjetivos.

La realidad venezolana ha reconfirmado que si el chavismo realmente era la génesis (¿y esperanza?) de la nueva ideología del siglo XXI, ¿por qué decayó aun con todo el dinero del petróleo y las riquezas en manos de sus líderes “justos”, “sabios”, “incorruptos”, “virtuosos”?

¿Recurrirán al trillado argumento de culpar a Washington por todas sus propias pifias y cuitas?

Mi punto es que si los radicales de izquierda no se moderan, sus pares moderados, que tienden a ser más condescendientes, pasarán a ser una mejor opción del espectro izquierdista.

Por ahora, la radicalización no pasará de ser un impulso esporádico, impetuoso; pero sin ningún sustento moral. Mucho menos histórico. Porque si la historia marcha hacia adelante, ¿cómo puede ser progresista la idea de esclavizar o degradar al hombre moderno, mediante la brutalidad opresiva?

Hay varias razones que hacen que las muy publicitadas revoluciones socialistas hoy tengan menos adeptos que antes:

1) La pobreza, que antes era aliada y caldo de cultivos de los radicales, hoy ha disminuido. El Banco Mundial confirma que al entrar al siglo XXI, la pobreza en el mundo ha disminuido un 12%. La clase media ha crecido en los países asiáticos, latinoamericanos y africanos. Aunque, la distribución de la riqueza ha sido más lenta y el número de millonarios ha aumentado.

2) El progreso de las naciones europeas, asiáticas y las grandes economías latinoamericanas pone más de manifiesto que el camino revolucionario no trae prosperidad material, mucho menos estabilidad social. Es riesgoso. Es el que más promete, menos da, y más sacrificios exige. Brasil, México, Argentina, Chile y Colombia son las economías más desarrolladas, sin haber recurrido a fórmulas socialistas.

3) Con todo y lo que digan que el “capitalismo es salvaje”, se sustenta más en el realismo humano que el socialismo --aferrado a la venta esquizofrénica de un paraíso inexistente e inalcanzable--.

China es la segunda economía más grande del planeta. Es cierto. Pero no por seguir las enseñanzas de Mao Tse-Tung; muy al contrario, solo después de su muerte se comenzaron reformas de mercado en ese país.

Cabe preguntarse:

¿Por qué optaron por hacer reformas de mercado si eran adictos a los dogmas de sus deidades socialistas?

4) Los medios de comunicación digitales, masivos y globales confirman que se puede superar la censura y la carencia de libertad y permitir mayor conectividad, en los opositores en los regímenes opresivos. Las evidencias sobran: la primavera árabe y --últimamente-- Venezuela. Ahí, a pesar del control de los medios de comunicación por parte del Estado-partido, la población opositora ha encontrado herramientas a las que recurrir para mantenerse al tanto de lo que sucede en el mundo.

5) El uso desmedido de la violencia que ejercen los revolucionarios --apegados todavía al credo leninista-- ya no atrae (¡hasta se asocia con terrorismo!). ¿Por qué la violencia… si se venden como justicieros y pacifistas?

6) Los buenos gobiernos de Ricardo Lagos en Chile, José Mujica en Uruguay y Luis Inácio Lula en Brasil revelaron que no había que enemistarse con el mercado, los derechos humanos, las democracias occidentales, los empresarios, para hacer reformas válidas.

Si Cuba comenzó radical, ¿por qué está reconciliándose con su superenemigo, Estados Unidos? ¿Wa-

shington siempre tuvo más la razón o La Habana ahora está arrepentida de su fracaso ideológico?

Decían que “el socialismo era científico e inevitable”; que ello se desprendía del sentido justiciero que la historia tenía.

¿Por qué los regímenes socialistas europeos se derrumbaron si eran modelos científicos bien pensados? Las dictaduras son experimentos crueles que deshumanizan al hombre, lo degradan. Y si lo vuelven al esclavismo, ¿cómo pueden ser progresistas?

La historia nos ha enseñado que no es sensato optar por un sistema que no crece, no hace prosperar a nadie sino a sus seguidores (¡por tanto, no tiene apego a la tan cacareada justicia!); y no enorgullece a ninguna persona, pues los modelos radicales son proyectos poco respetados --mucho menos, imitados--.

Es necesaria la evolución de los revolucionarios.

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