Jorge Isaac Bautista Lara
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Nelson Ned era un cantante de baladas y boleros de origen brasileño; pequeña estatura y voz melodiosa de ruiseñor. Él cantaba; “Si las flores pudieran hablar”. Intercalando flores y luego rosas, no importa, la canción es un poema. Y ausentando color determinado a las rosas, a las flores. Dice en su cantar: “Vida, hoy te envío estas flores que robé de un jardín, esperando que así te recuerdes poco a poco de mí. Y si las flores pudieran hablar y decir que te quiero, si las rosas pudieran pedir que me llegues a amar, y si las flores pudieran contarte que estoy de ti enamorado, sé que acaso me responderías dando el corazón, y quien quita que suceda un milagro…” 

Pero de las rosas, flores, que les escribo les daremos un color. No el color predilecto de la escritora francesa-mexicana Elena Poniatowska, la del Premio Cervantes, para quien el rojo es el mejor color, porque define en él su ideología. Podría ser para otros el verde por lo ecológico. Pero el rojo es el mismo color del cuento de Oscar Wilde en “El ruiseñor y la rosa”, donde un ruiseñor decide sacrificarse para teñir de rojo una rosa que un joven entregará a una joven de quien está enamorado, en un tiempo en que es difícil conseguir una rosa roja. No será ese el color. Escogeremos el amarillo, y pondremos a nuestras rosas el color amarillo de García Márquez y de Jorge Luis Borge. El significado cultural le carga de un sentido de advertencia y tristeza. Más existen otros, de mayor aceptación, que le dan un significado de satisfacción, alegría, elegancia, memoria, claridad de ideas, adolescencia y risas. 

Hace algún tiempo se presentó en la TV la telenovela “Floricienta” (existe la versión colombiana y la argentina); que hizo famosa la canción “Flores amarillas”, que decía: “Él la estaba esperando con una flor amarilla. Ella lo estaba soñando con la luz en su pupila, y el amarillo del Sol iluminaba la esquina, lo sentía tan cerca, lo sentía desde niña…”

Para Gabriel García Márquez, las flores amarillas lo acompañaron y estuvieron presentes a lo largo de su vida, además de estar presente en “Cien años de soledad” (su obra cumbre): “Vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas… tuvieron que despejarlos con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro”. Algunos dicen que era asunto de gusto, otros que era por supersticiones del escritor. Fuese lo uno o lo otro, o ambas, lo cierto es que en su entierro su funeral fue rodeado con ese color de rosas. Tal fue así que, aun en vida, al cumplir 87 años, salió de su casa a saludar a los periodistas y llevaba una flor amarilla en su saco. Y es que para él era tan importante que donde se sentara debía colocarse flores amarillas. Un acompañante físico externo.

La experiencia en Jorge Luis Borge, el escritor más grande argentino, el sentido y la experiencia del amarillo fue otro. Él es el escritor de la parodia que fue nombrado, ya ciego, director de la Biblioteca Nacional en Argentina. Decía, en su filosofía de vida: “Estuve en el infierno y en el paraíso, como Dante… Pero la verdad  es que al cabo de un día, todos hemos estado en algún momento en el paraíso, y todos hemos estado en muchos momentos en el infierno. Y todos estamos quizás continuamente en el purgatorio”.

Un día dio una conferencia sobre la ceguera. Y en ella dijo que existía entre él y el amarillo, el color, una amistad. 

Decía que al perder la vista, se dio cuenta que el mundo de las formas, el de las apariencias, había terminado para él. Y con él la forma de las rosas se evaporó. Le había sido vedada la vista al lector y escritor. Terminado ese mundo, reconoció que tuvo que crear otras cosas, otro mundo, que sustituyera lo visible. Un nuevo mundo donde el amarillo estaba presente, fue el color que no le abandonó, no le fue infiel, su color leal. Aunque el rojo, un color que admiró mucho, pasó a convertirse en marrón. Igual desapareció el negro y el blanco. Recordaba que el amarillo es el color de oro; el color que lleva junto con el negro los tigres. Criticó a Shakespeare por decir que el mundo de los ciegos es negro, hizo la corrección, es de neblina.

Los colores y las rosas han filtrado la maravilla de nuestros cantos, amores, novelas, poemas, vida y ceguera. Dando sentido y explicación a nuestras historias personales.

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